"Quizás", asintió Anna. "Pero el perdón y la reconciliación son dos cosas distintas".
Se miró en el espejo del camerino. El reflejo mostraba a una mujer en silla de ruedas, pero su mirada... ya no rota, sino directa.
"Discapacitada", "carga", "dada de baja": todas esas etiquetas de repente le parecieron ridículas. Acababa de sacar a la luz una verdad que podría haber ocultado durante años. Y eso la tranquilizó.
Epílogo. Su secreto, su silencio
Habían pasado seis meses.
La empresa había superado un período difícil. Yuri dimitió formalmente como director "por voluntad propia", conservando una pequeña participación y recibiendo una remuneración decente. Anna no tenía intención de vengarse; Ella simplemente buscaba distancia.
Un gerente profesional ocupó su lugar, y Anna permaneció en la junta directiva. Trabajaba desde casa, por videollamada, y ocasionalmente la visitaba en persona. Sus compañeros seguían tratándola inconscientemente con el mismo respeto que antes habían asociado con su esposo. Solo que ahora la respetaban con profundidad.
Yuri intentó reconstruir su relación. Le escribió, llamó y una vez fue a la casa donde vivían. Anna lo vio desde la ventana: estaba allí, de pie, moviéndose, sosteniendo un ramo de margaritas, su favorito.
No salió. No por venganza. Ya lo había dicho todo en esa celebración.
Svetlana dio a luz a un niño. Yuri no estaba con ella en la maternidad; ya conocía los resultados de la prueba de paternidad. El verdadero padre apareció cuando la verdadera responsabilidad empezó a pesar, pero esa era otra historia.
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