Mi marido me regaló unos pendientes y me di cuenta de que los había robado del cuerpo de mi madre.

Los pendientes habían estado en mi joyero todo este tiempo. No podía tocarlos. A veces, por la noche, abría la caja, la miraba y la volvía a cerrar, como una herida que no me atrevía a curar.

A finales de febrero, fui al cementerio. La nieve estaba húmeda y pegajosa, con las hojas del año anterior asomando por debajo. La corona sobre la tumba de mi madre ya estaba inclinada, las cintas desteñidas.

Me quedé de pie frente al monumento, agarrando la pequeña caja de terciopelo.

"Mamá", dije, tragando el nudo en la garganta. "Siempre dijiste que los pendientes eran míos. Pero no puedo usarlos sabiendo cómo regresaron".

Abrí la caja y saqué los pendientes. Las piedras brillaron verdes, luego moradas, bajo la luz.

"Probablemente volverías a decir que 'las joyas deben traer alegría'", sonreí entre lágrimas. "Pero... aún no estoy lista".

Me arrodillé y cavé con cuidado un pequeño agujero en la tierra justo al lado de la losa. Coloqué una alejandrita dentro. Sostuve la otra en la palma de mi mano.

"Una para ti. Una para mí", susurré. "Para recordar que el amor no se trata de sacrificio a cualquier precio".

La tierra se desmoronó, compactando el pasado.

Al irme, una fina y clara capa de nieve cubría el cementerio, como si alguien arriba hubiera sacudido un viejo colchón de plumas. Me pareció que la sonrisa de mi madre en la fotografía era un poco más suave.

Epílogo. Nochevieja.
Han pasado dos años.

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