Mi marido me regaló unos pendientes y me di cuenta de que los había robado del cuerpo de mi madre.

Parpadeó.

"¿Qué otros...?"

"Los pendientes de mamá, los que desaparecieron del ataúd antes del funeral. Con el mismo alfiler roto." Cogí la caja, la abrí y se la ofrecí. "Mira."

Se quedó mirando las joyas unos segundos y luego me apartó la mano.

"¿Estás loca?" Se rió nerviosamente. "Solo te lo imaginas. Quieres ver señales en todo."

La televisión sonaba como campanas, los presentadores gritando sobre milagros y un feliz año nuevo. Me quedé en medio de la habitación con un regalo que era de otra persona —¿o ya no lo era?— y me di cuenta: mi milagro tenía un aspecto completamente diferente. Olía a morgue mohosa y a traición.

Segunda etapa. Funeral y pérdida
Antes del funeral, mi madre repetía:
"Entiérrenme como es debido. Con un vestido decente y mis pendientes favoritos. Alguien los recibirá de todos modos, y los he llevado puestos toda mi vida".

Entonces me reí:
"Mamá, ¿qué pendientes? ¿De qué estás hablando? Seguimos yendo juntos a la dacha".

No fuimos a la dacha. El derrame cerebral la había arrancado de repente, como una corriente de aire que entra por una puerta abierta.

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