Mi marido me regaló unos pendientes y me di cuenta de que los había robado del cuerpo de mi madre.

Se quedó callado. Una fina vena en su sien latía.

"Masha", logró decir, "no quiero pelear ahora. Al menos pasemos una noche tranquila".

"Entonces guarda los pendientes en la caja y déjalos. Mañana decidiré qué hacer con ellos".

Toda la noche di vueltas en la cama, como en una sartén caliente. Kolya roncaba a mi lado, roncando de vez en cuando. A las tres, no pude aguantar más; me levanté y fui a la cocina. La caja de terciopelo seguía allí, en el estante. La abrí: los pendientes brillaban a la tenue luz de la lamparilla.

Me puse uno y me miré en el espejo. El reflejo era una mezcla de mi cara y la de mi madre. Porque así era exactamente como se veía en los aniversarios: peinado severo, alejandritas, mirada directa.

"¿Qué me has hecho, Kolya?", susurré en el silencio.

Etapa cuatro. Casa de empeños y...

La verdad sobre el papel
El 1 de enero, la ciudad se duerme. Las tiendas cierran, las calles están vacías. Pero el segundo es un día laborable típico para quienes necesitan urgentemente devolver un televisor que recibieron el día anterior o recuperar las apuestas de Año Nuevo.

Las tiendas de consignación y las casas de empeño abrieron a tiempo.

Kolya dijo que necesitaba "ir corriendo a la oficina a hacer unos recados". Asentí. En cuanto la puerta se cerró de golpe tras él, agarré la caja, mi pasaporte y me fui.

En el fondo de la caja, noté una pequeña pegatina con una dirección y un número de teléfono, casi imperceptible. "Tienda de Consignación Viola".

Viola olía a cuero viejo, metal y a historias ajenas. Un hombre con entradas y mirada atenta estaba sentado detrás del mostrador.

"Quería confirmar el origen de estos pendientes", dije, dejando la caja sobre el cristal. Se puso las gafas, miró las joyas y algo cruzó su rostro.

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