Le Marceau siempre había sido un símbolo de prestigio: manteles blancos impecables, cristal francés que reflejaba la luz y un pianista tocando jazz suave que borraba la ciudad tras sus muros.
Pero para Isabel Cortés, esa velada se sintió menos como una celebración y más como una despedida interminable.
Frente a ella estaba sentado su esposo de once años, Héctor Valdés, refinado y seguro de sí mismo, con la sonrisa petulante que ahora reconocía tan bien. A su lado, mucho más cerca de lo que permitía la cortesía, estaba Claudia, su amante sin complejos. Embarazada de siete meses. Su vestido se ceñía a su cuerpo, con una mano apoyada en su vientre como si fuera un premio que ya hubiera ganado.
"Seamos realistas, Isabel", dijo Héctor con sequedad, sin mirarla a los ojos. "Un imperio necesita continuidad".
Empujó una carpeta sobre la mesa. Isabel supo al instante de qué se trataba: una reestructuración de activos. Se le contuvo la respiración al ver dos nombres tachados con tinta roja.
Sofía y Elena. Sus hijas.
“Son niñas”, continuó Héctor con indiferencia, mientras cortaba su filete. “Las niñas crecen, se casan y siguen adelante. Invertir recursos en ellas no tiene sentido. El futuro está aquí mismo”.
Se inclinó y besó el vientre de Claudia a la vista de los comensales.
“Quiero un hijo”, dijo. “Un verdadero heredero. Algo que nunca he tenido”.
Claudia sonrió, acariciándose el vientre con orgullo.
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