Mi marido tocó con orgullo el vientre de su amante embarazada, convencido de que por fin había conseguido un heredero, hasta que un solo sobre destrozó todo su imperio.

Pero esa noche fue solo el principio.
El silencio que se apoderó de Le Marceau no fue solo el final de una cena; marcó el inicio del desmoronamiento público de Héctor Valdés.

Pensó que la pesadilla había terminado cuando salió solo, con el informe de ADN arrugado en el bolsillo. Se equivocó.

Durante semanas, intentó contactar con Isabel: llamadas sin respuesta, mensajes ignorados, su tono variaba de la rabia a la negación y a la súplica desesperada. Isabel nunca respondió. No por despecho, sino porque estaba acabada.

Tenía trabajo que hacer.

El Grupo Valdés comenzó a desmoronarse cuando los accionistas descubrieron las imprudentes decisiones financieras que Héctor había tomado anticipándose a su heredero imaginario: desvío de fondos, alteración de fideicomisos, cambios no autorizados. Los inversores perdonan muchas cosas, pero no la arrogancia ni la incompetencia.

Isabel, por su parte, había sido precisa. Mientras Héctor hacía de emperador, ella aseguró el futuro de Sofía y Elena. Los fondos para la educación estaban bloqueados. Las acciones que creía intocables ya no eran su participación mayoritaria. Todo era legal. Firmado. Documentado.

Cuando la junta lo destituyó como director ejecutivo, Héctor finalmente comprendió que había perdido más que dinero: había perdido a quien creía ser.

Claudia desapareció poco después. Sin riqueza ni protección, el embarazo se convirtió en una carga en lugar de un símbolo de poder. El verdadero padre nunca apareció. Nadie la celebró.

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