Mi marido tocó con orgullo el vientre de su amante embarazada, convencido de que por fin había conseguido un heredero, hasta que un solo sobre destrozó todo su imperio.

Un domingo tranquilo, Héctor apareció sin avisar en la nueva casa de Isabel. Tocó el timbre como un extraño. Sus trajes caros habían desaparecido. Parecía más pequeño, más viejo.

"Solo quiero ver a mis hijas", dijo con la voz quebrada.

Isabel lo observó. No había ira, solo claridad.

"Puedes", dijo. "Pero no bajo condiciones de poder, legado o sangre. Ser padre no se hereda, Héctor. Se vive".

Bajó la cabeza y asintió.

Las visitas eran escasas e incómodas. Ya no sabía cómo hablarles a las dos chicas, que ya no lo miraban con ciega admiración. Sofía observaba en silencio. Elena hacía preguntas directas. Los niños perciben el vacío rápidamente.

Isabel nunca hablaba mal de él. No necesitaba hacerlo. El tiempo lo revela todo.

Un año después, Isabel estaba sentada en el auditorio de un colegio, escuchando cómo Sofía recibía un premio académico. Elena observaba con orgullo desde la primera fila. En ese momento, Isabel comprendió por fin lo que Héctor nunca había comprendido:

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.