El legado no se hereda.
Se construye.
Héctor vendió lo que quedaba de su empresa para sobrevivir. Antes un hombre que daba órdenes, ahora pedía oportunidades. Algunas puertas se abrieron. La mayoría permanecieron cerradas.
Isabel avanzó en silencio. Invirtió. Creció. Vivió, sin necesidad de demostrar nada.
La última vez que vio a Héctor fue por casualidad, en un pequeño café. Él la reconoció, se levantó, dudó y finalmente dijo:
"Lo perdí todo porque no sabía lo que tenía".
Isabel sonrió suavemente.
“No lo perdiste”, respondió. “Lo regalaste”.
Salió con la espalda recta. Afuera, el sol brillaba con fuerza, como siempre.
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