Mi nuera me mandó: ‘Caliente las sobras’, pero lo que hice después los dejó sin color…

Había tomado tres copas de vino tinto, dos de champañito de tequila con el que brindaron al final. Rodrigo tampoco estaba sobrio. Llevaba encima dos whiskys dobles y varias cervezas. Los niños venían dormidos en el asiento trasero. Estacionaron el auto. Valeria casi se tropieza bajando, riéndose de sus tacones. Rodrigo la agarró de la cintura jugando, besándole el cuello. “Gerente regional”, le susurró, “Mi esposa la gerente. Y tú, el esposo del año”, respondió ella. colgándose de su brazo. Subieron las escaleras del porche.

Rodrigo buscó las llaves en su bolsillo, tambaleándose un poco. “Sh”, dijo Valeria entre risas. “No despiertes a tu mamá.” “Que duerma”, respondió Rodrigo. “Se lo merece después de cuidar la casa toda la noche.” Abrieron la puerta. Todo estaba oscuro. Solo la luz del pasillo de arriba encendida. Como siempre, la dejaba yo para que no tropezaran. Mamá, llamó Rodrigo entrando. Su voz sonaba pastosa. Silencio. Valeria encendió la luz de la sala y entonces lo vieron. La sala estaba diferente, no vacía, pero diferente.

Faltaba el tapete persa que yo había traído de mi casa de Coyoacán, el que mi madre compró en un viaje a Tehuantepec hace 50 años. Faltaban los cojines bordados del sillón, los que yo misma bordé durante meses. Faltaban los cuadros de las paredes, mis cuadros, paisajes de Oaxaca que Ernesto me regaló en nuestros aniversarios. ¿Qué? Valeria frunció el seño. Tu mamá movió cosas. Rodrigo caminó hacia la cocina, encendió la luz, la cafetera italiana no estaba. Las tazas de cerámica que yo coleccionaba tampoco.

El delantal que siempre colgaba del gancho junto al refrigerador había desaparecido. Mamá, llamó más fuerte. ¿Dónde estás? Subieron las escaleras. Emiliano me contó que ahí fue cuando el alcohol se les empezó a evaporar. Mi puerta estaba entreabierta. Rodrigo la empujó. Encendió la luz. La cama estaba tendida, perfectamente tendida, como yo siempre la dejaba, pero vacía, el closet abierto, vacío de mi ropa, solo quedaban los ganchos, el buró sin mis libros, sin mis lentes, sin mi rosario, como si yo nunca hubiera existido en ese cuarto.

“¿Qué demonios?”, murmuró Valeria detrás de él. Rodrigo corrió al baño. “Mi cepillo de dientes no estaba. Mi crema facial, mi peine, mi perfume barato de rosas, todo desaparecido. Regresó al cuarto y fue entonces cuando lo vio, su cama, sobre su almohada una carta doblada. La agarró con manos temblorosas, la desdobló. Valeria leyó por encima de su hombro. Emiliano me dijo que el rostro de su padre cambió mientras leía. De confusión a incredulidad, de incredulidad a horror. ¿Qué dice?

preguntó Valeria. Se fue. Tu mamá se fue, pero Rodrigo no respondió. Había visto el sobre Manila en su buró. Lo abrió con dedos torpes, sacó las escrituras, las escrituras de la casa, y leyó el nombre escrito ahí en letra de notario oficial. No, susurró. No, no, no. ¿Qué pasa? Valeria le arrancó los papeles. Sus ojos recorrieron el documento. Una vez, dos veces. Y entonces palideció, esto, esto no puede ser real. La casa está a su nombre, dijo Rodrigo con voz hueca.

Toda la casa siempre estuvo a su nombre. Pero, pero tú pagaste el enganche. Tú me dijiste que ella pagó el enganche. Rodrigo se dejó caer sentado en la cama. Ella vendió su casa de Coyoacuacán, 680,000 pesos. Yo no tenía nada. Todo salió de ella. Valeria tomó la nota adhesiva amarilla que estaba pegada a las escrituras. 1368,000 pesos exactos. 1,300. Valeria se tambaleó. Me estás diciendo que tu mamá invirtió más de un millón de pesos en esta casa y nunca hicimos el traspaso.

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