Mi nuera me mandó: ‘Caliente las sobras’, pero lo que hice después los dejó sin color…

Rodrigo empezó a llorar. Lágrimas gruesas que caían sobre sus manos. Mamá. ¿Sabes cuánto pagabas de mensualidad? 4800 pesos. ¿Y sabes cuánto era la mensualidad real de la hipoteca? Silencio. 14,000 pesos. Yo ponía los otros 9,200 cada mes de mi pensión de 16,000 pesos. ¿Sabes lo que eso significa? levantó la vista confundido. Significa que después de pagar mi parte de la casa, me quedaban 6800 pesos al mes para todos mis gastos. Ropa, medicina, transporte, cualquier cosa personal. 6800 pesos.

Mientras Valeria gastaba 3,000 en una sola botella de vino. Rodrigo palideció. No, no sabía. No sabías porque nunca preguntaste. Asumiste que yo estaba bien, que era feliz, que cuidar a tus hijos y limpiar tu casa era suficiente propósito para mí. Mamá, yo me levanté y fui a mi bolsa. Saqué la libreta de pasta dura, la puse sobre la mesa de centro. Ábrela. Con manos temblorosas, Rodrigo abrió la libreta y empezó a leer página tras página de recibos pegados, comprobantes de transferencias, notas con mi letra, refrigerador 18,900, lavadora y secadora, 24,500 sala completa $2,000 remodelación, baño principal $65,000, pantalla sala $22,000.

Su cara perdió todo color a medida que pasaba las páginas. Dios mío, sigue leyendo. Llegó a las hojas finales, los cálculos mensuales, 36 meses de contribuciones, el total final, más de 1,300,000 pesos susurró. Y eso, sin contar, agregué fríamente, las tres comidas diarias que cocinaba, la limpieza, el cuidado de tus hijos, la lavandería, la plancha. Si le ponemos precio a todo ese trabajo a tarifa de empleada doméstica interna, son otros 400,000 pesos aproximadamente. Rodrigo cerró la libreta.

Temblaba. No tengo 1,300,000 pesos para pagarte. Lo sé. No tengo ni 200,000 en ahorros. También lo sé. Entonces, ¿qué quieres? ¿La casa? ¿Vas a sacarnos a la calle? Y ahí estaba la pregunta del millón. Respiré profundo. Quiero, dije despacio, que entiendas lo que perdiste, que no fue solo una casa, no fueron solo muebles o dinero. Perdiste a tu madre, me perdiste a mí. No te perdí. Estás aquí. ¿Cuándo fue la última vez que me preguntaste cómo estaba?

¿Cómo dormí? Si me dolía la espalda de tanto limpiar, si extrañaba a tu padre, si me sentía sola. Silencio. ¿Cuándo fue la última vez que me abrazaste sin que fuera de paso? ¿Que te sentaste conmigo a tomar café? ¿Que me miraste a los ojos de verdad? Más silencio. Me convertí en un servicio, Rodrigo, no en tu madre. Y tú dejaste que pasara. Lo siento, soyo. Lo siento muchísimo, lo sé, pero lo siento. No devuelve 3 años de mi vida, no devuelve mi dignidad.

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