Rodrigo la abrazó y la levantó del suelo. Sabía que lo lograrías. Sabía que ese puesto era tuyo. Yo estaba junto a la estufa volteando los hotcakes. Felicidades, Valeria, dije con sinceridad. Porque por más que las cosas estuvieran tensas, yo no le deseaba el mal a nadie. Ella apenas volteó a verme. Gracias, suegra. y siguió abrazada a Rodrigo. “Tenemos que celebrar”, dijo mi hijo, “En grande, como se merece mi esposa. Vamos al Miraflores”, sugirió Valeria con los ojos brillando.
Ese restaurante del que te hablé, el que tiene vista a Reforma, el que sea, hoy no se repara en gastos. Emiliano levantó la mano como en la escuela. Yo también voy claro que sí, campeón. Toda la familia. Mi corazón dio un salto pequeño. Toda la familia. Eso me incluía, ¿verdad? Dejé los hotcakes en la mesa y me limpié las manos en el delantal. ¿A qué hora reservo? Pregunté tratando de sonar casual. Valeria me miró como si acabara de darme cuenta de que yo seguía ahí.
¿Reservar qué? La mesa para la cena familiar. Hubo un silencio incómodo. Rodrigo carraspeó. Valeria intercambió una mirada con él. Una de esas miradas que hablan sin palabras. Ah, no, suegrita, dijo Valeria con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Es una cena íntima, ya sabe, pareja, los niños, mi mamá que viene de Querétaro. Familia directa. Familia directa. Esas palabras se clavaron en mi pecho como esquirlas de vidrio. Entiendo dije. Y regresé a la estufa, aunque ya no había nada que voltear.
Además, continuó Valeria mientras untaba mantequilla en su pan tostado. Alguien tiene que quedarse con la casa, ¿no? No podemos dejarla sola. Y usted cocina tan rico, seguro se prepara algo delicioso. Rodrigo no dijo nada. Mi hijo, el niño que crié, al que defendí de cada golpe de la vida, se quedó en silencio mirando su plato de huevos. Se fueron todos a las 11 de la mañana. Valeria se cambió tres veces de ropa. Los niños iban emocionados con su ropa de domingo.
Rodrigo me dio un beso rápido en la frente, tan automático, que ni siquiera me vio a los ojos. No nos esperes. Despierta, ma. Vamos a llegar tarde. Y se fueron. La casa se quedó en silencio, un silencio tan pesado que me costaba respirar. Caminé por la sala, por el comedor con su mesa de cristal que yo limpiaba cada día, por la cocina donde pasaba horas preparando comidas que apenas me agradecían. Todo estaba impecable, todo estaba en orden y yo estaba completamente sola.
Me preparé una sopa instantánea de esas que venden en paquetes de tres por 29 pesos. Me senté en la mesa de la cocina, no en el comedor. Las empleadas no comen el comedor. Y eso era yo. Ahora no la empleada. Pero la empleada que pagó 680,000 pesos por el privilegio de trabajar gratis. A las 7 de la noche abrí. No sé por qué lo hice. Tal vez necesitaba confirmar lo que ya sabía. Tal vez soy masoquista. Ahí estaban.
La primera foto. Valeria radiante en su vestido rojo sosteniendo una copa de vino espumoso. Gracias a todos por acompañarme en este día tan especial. La segunda foto, mis nietos con platos enormes de camarones empanizados y papas fritas. Emiliano tenía salsa en la barbilla. Sofía hacía un gesto de victoria con los dedos. La tercera foto, toda la mesa. Conté nueve personas, Rodrigo, Valeria, los niños, la mamá de Valeria, su hermana, su cuñado y dos personas más que no reconocí.
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