Pero ese niño ya no existía. Ese niño se había convertido en un hombre que me usaba y me despreciaba en igual medida.
—No, Robert —dije con voz firme, a pesar del nudo en mi garganta—. Tú decidiste que ya no éramos familia cuando permitiste que me trataran como basura. Cuando firmaste documentos a mis espaldas. Cuando me robaste la tranquilidad. Solo soy una vieja molesta a la que invitan por lástima, ¿recuerdas? Esas fueron sus palabras exactas. Así que ahora esta vieja molesta va a hacer lo que debió haber hecho hace mucho tiempo: cuidar de sí misma.
Colgué el teléfono antes de que pudiera responder.
Mis manos temblaban. Mi corazón latía con fuerza, pero no lloré. No quedaban lágrimas para ellos. Dejé el teléfono en la mesa de la cocina y lo miré fijamente como si fuera una bomba a punto de estallar. Sabía que volvería a sonar, y tenía razón.
Treinta segundos después, la pantalla se iluminó de nuevo. Robert. Rechacé la llamada. Llamó de nuevo. Rechacé otra vez, y otra, y otra. Después de la sexta llamada, simplemente apagué el teléfono.
El silencio que siguió fue extraño, pesado, pero también liberador.
Me levanté y caminé hacia la ventana de la sala. Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse una a una como luciérnagas de concreto. La gente regresaba a sus casas después del trabajo. La vida seguía su curso normal para todos menos para mí. Porque yo acababa de cruzar una línea que nunca pensé que cruzaría.
Fui a mi habitación y abrí el cajón de la mesita de noche. Allí guardaba una pequeña caja de madera con incrustaciones de nácar que había pertenecido a mi madre, Martha. Dentro había cartas viejas, fotografías amarillentas y una libreta gastada donde ella anotaba sus pensamientos.
La abrí con cuidado, como si fuera un objeto sagrado. Pasé las páginas despacio. La letra de mi madre era firme y elegante, a pesar de que solo había estudiado hasta sexto grado.
Leí algunas entradas al azar. “Hoy Elellanena cumplió 15 años. Le hice un pastel con lo poco que tenía. Me miró con esos ojos llenos de gratitud que me rompen el corazón. Ojalá pudiera darle más. Ojalá pudiera darle el mundo”.
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