Otra entrada de años después: “Elellanena se casó hoy con Edward. Es un buen hombre. Lo veo en sus ojos. La va a cuidar. La va a respetar. Eso es lo único que una madre puede pedir. Que su hija encuentre a alguien que la valore”.
Y una más escrita solo meses antes de su muerte: “Estoy cansada. Mi cuerpo ya no responde como antes, pero no tengo miedo de morir. Hice lo que tenía que hacer. Le di a Elellanena las herramientas para ser fuerte. Ahora solo espero que las use cuando las necesite”.
Cerré la libreta con cuidado y la abracé contra mi pecho. —Las estoy usando, mamá —susurré al aire vacío—. Perdón por tardar tanto.
No dormí bien esa noche, no por arrepentimiento, sino por adrenalina. Mi mente no paraba de repasar la conversación con Robert. Cada palabra, cada tono, cada justificación patética. Y cuanto más lo pensaba, más clara veía la verdad.
Yo había permitido todo esto. Yo había sido cómplice de mi propia humillación por miedo a estar sola, por miedo a perder al único hijo que tenía. ¿Pero qué sentido tenía aferrarse a alguien que ya te había soltado hace mucho tiempo?
A la mañana siguiente encendí el teléfono. Tenía 53 mensajes, 28 llamadas perdidas, la mayoría de Robert, pero también había algunas de números desconocidos que probablemente eran Diana usando teléfonos de otras personas. No abrí ningún mensaje. No escuché ningún correo de voz. Simplemente bloqueé ambos números y dejé el teléfono en la mesa.
A las 10:00 de la mañana, sonó el timbre de mi apartamento. Miré por la mirilla y allí estaba Robert. Se veía terrible. Ojeras profundas, cabello despeinado, camisa arrugada como si hubiera dormido con ella. Estaba solo, sin Diana. Qué curioso que ella no viniera a dar la cara.
No abrí la puerta.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
