Y yo le creí con todo mi corazón. Le creí.
Lo vi crecer. Lo vi graduarse de la universidad con honores, conseguir un excelente trabajo en una empresa de tecnología, convertirse en un hombre independiente y exitoso, y me sentí tan orgullosa que a veces me dolía el pecho de la emoción. Pensé que todo ese sacrificio había valido la pena.
Pero entonces llegó Diana.
La conoció hace 3 años en una conferencia de trabajo. Ella era coordinadora de eventos, siempre impecable, siempre con esa sonrisa perfecta que parecía ensayada en el espejo. Desde el primer momento en que la vi, supe que algo no estaba bien. No era la intuición de una suegra celosa. Era algo más profundo. Era la forma en que me miraba, como si yo fuera una molestia, como si fuera un mueble viejo del que había que deshacerse tarde o temprano.
Al principio, eran pequeños comentarios disfrazados de bromas. —Ay, Elellanena, eres tan anticuada. —Oh, no te preocupes. Tú descansa. Nosotros nos encargamos. Como si yo fuera una anciana inútil.
Robert no decía nada. Solo sonreía incómodo y cambiaba de tema. Nunca me defendió, ni una sola vez.
Luego empezaron las exclusiones.
La primera Navidad después de casarse, hicieron una cena familiar. Me enteré por fotos en redes sociales. Allí estaban todos, los padres de Diana, sus hermanos, sus primos, todos brindando alrededor de una mesa decorada con velas color marfil y copas de cristal. Había 12 lugares en esa mesa. Yo no estaba invitada.
Cuando le pregunté a Robert al día siguiente, me dijo: —Fue algo pequeño, mamá, de último momento. Mentira. Esa mesa tenía lugar para 12 personas, y lo habían planeado con semanas de antelación.
Llegó mi cumpleaños número 64 y no recibí una llamada, ni un mensaje, nada. Pasé todo el día esperando junto al teléfono como una idiota. A las 11:00 de la noche, recibí un mensaje de texto. —Perdón, mamá. Se nos pasó. Feliz cumpleaños. Se les pasó. El cumpleaños de la mujer que sacrificó toda su vida por él simplemente se les pasó.
Poco a poco, desaparecí de sus vidas. Ya no me pedían mi opinión para nada. Cuando los visitaba, Diana siempre tenía una excusa. Un dolor de cabeza, una llamada urgente, una reunión importante.
Y yo seguía insistiendo como una tonta. Seguía llamando. Seguía cocinando sus platos favoritos, como pavo y puré de papas. Seguía preguntando si necesitaban algo.
Pero Diana siempre rechazaba todo. —Estamos a dieta. —Ya compramos comida. —Mejor guárdalo para ti.
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