Hasta que llegó esa noche, el cumpleaños número 32 de Robert.
Llegué puntualmente a las 7:00 de la tarde con un pastel de chocolate que había hecho con mis propias manos, el que a mi hijo le encantaba desde niño. Toqué el timbre y esperé. Escuchaba risas adentro. Música, sonido de copas chocando.
La puerta se abrió y allí estaba Diana con un vestido verde esmeralda, maquillaje perfecto, cabello recogido en un moño elegante. Me miró de arriba abajo con esa mirada de fastidio. Ya no se molestaba en disimular.
—Elellanena —dijo con una sonrisa falsa. —Robert me invitó —respondí confundida—. Me llamó esta mañana.
Ella suspiró como si mi presencia fuera un inconveniente enorme. Se hizo a un lado lo justo para que yo viera dentro del apartamento. Había al menos 15 personas adentro. Sus amigos, compañeros de trabajo, toda la familia de Diana, globos plateados colgando del techo, una mesa llena de comida cara y botellas de vino, una gran fiesta, una celebración meticulosamente planeada.
Y entonces Diana dijo esas palabras que nunca olvidaré.
—Solo te invitamos por lástima, Elellanena, así que no te quedes mucho tiempo y trata de no estorbar. Todos aquí son gente importante y no queremos incomodidades.
El mundo se detuvo por un segundo. Sentí que algo dentro de mí se rompía en mil pedazos. No era mi corazón. Ese ya se había roto muchas veces. Era otra cosa. Era la última esperanza de que yo todavía le importara a alguien, de que todavía tuviera un lugar en la vida de mi hijo.
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