¿Te ha enviado él a espiar? Preguntó Javier suspicaz. No respondió ella con firmeza. He venido porque necesito alejarme de él por un tiempo, aclarar mis ideas y por qué. Dudó un momento. Quería disculparme especialmente contigo, Elena. Te tratamos muy mal. Mi madre, siempre compasiva, le tomó la mano. Todos cometemos errores, Lucía. Lo importante es reconocerlos y aprender de ellos. Le ofrecimos quedarnos unos días hasta que decidiera qué hacer. Al principio, la convivencia fue tensa. Lucía y yo apenas habíamos intercambiado palabras amables en el pasado y la desconfianza no desaparece de la noche a la mañana, pero con el tiempo empezó a integrarse en nuestra pequeña comunidad.
Una tarde, mientras continuábamos con las renovaciones, Lucía me encontró observando unas fotografías antiguas de la casa. Era hermosa, comentando mirando por encima de mi hombro. No entiendo por qué mi padre insistió tanto en cambiarla. Creo que necesitaba borrar la presencia de mi padre, respondí, hacer suyo lo que nunca le perteneció. Lucía se acercó pensativa. Siempre ha sido así. Necesita controlar todo, poseerlo, incluidas las personas. Por primera vez tuve una conversación sincera con ella. Me contó cómo había sido crecer con Roberto como padre, las altas expectativas, los castigos cuando no cumplían sus estándares, la manipulación constante.
Javier siempre fue más rebelde, explicó. Yo intentaba complacerlo, ser la hija perfecta. Solo ahora me doy cuenta de lo tóxico que era. Para mi sorpresa, Lucía decidió quedarse más tiempo del previsto. Encontró trabajo en una cafetería cercana y comenzó a contribuir a los gastos de la casa. También se unió a nuestro proyecto de restauración, mostrando un talento especial para los detalles decorativos. 6 meses después del acuerdo legal, la transformación de la casa estaba casi completa. Habíamos restaurado la estructura original, recuperamos los espacios abiertos que mi padre había diseñado, incluso reconstruido el jardín según los planos originales.
Solo faltaba un elemento, el gran vitral, que presidía la escalera principal, que Roberto había sustituido por una ventana común. Encontrar un artesano capaz de recrear ese vitral específico parecía imposible hasta que mi tía Marta recordó que mi padre había encargado el diseño original a un viejo amigo suyo, un maestro vidriero que quizás aún estaría en activo. Efectivamente, don Héctor no solo seguía trabajando, sino que conservaba los bocetos originales del vitral. Accedió a recrearlo por un precio razonable, como homenaje a la amistad que había tenido con mi padre.
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