Se trasladó a la costa como planeaba y, según nos contó un conocido común, ha recho una nueva pareja. A veces envía tarjetas a Javier y Lucía en su cumpleaños, un pequeño gesto de reconciliación que ellos han decidido aceptar, aunque manteniendo una distancia prudente. Yo sigo trabajando en la constructora, ahora como jefe de proyectos. El año pasado conocí a Laura, una arquitecta especializada en restauración de edificios históricos. Nuestra pasión compartida por preservar el patrimonio nos unió y hace tres meses le pedí que se mudara conmigo a la casa de mi padre.
A veces, cuando bajamos por la escalera principal y el sol de la mañana atraviesa el vitral proyectando ese mosaico de colores sobre el suelo, pienso en todo lo que hemos vivido para llegar hasta aquí, en cómo lo que comenzó como una batalla por una propiedad terminó redefiniendo lo que significa realmente un hogar y una familia. La casa que heredé de mi padre sigue siendo legalmente mía, pero en un sentido más profundo. Pertenece a todos los que han encontrado refugio entre sus paredes, a todos los que han contribuido a restaurar no solo su estructura física, sino también su espíritu.
Y quizás esa fue siempre la intención de mi padre, no solo dejarme un edificio, sino un lugar donde construir conexiones, memorias y una vida plena. Un legado que va mucho más allá de los documentos de propiedad.
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