Roberto tiene un departamento que alquila en el centro. Pueden quedarse allí mientras encuentran otro lugar. Ese departamento es demasiado pequeño para nosotros cuatro. Me sorprendí por su respuesta. Roberto nunca me había mencionado que tenía una propiedad en alquiler. Algo no encajaba. Roberto tiene un departamento”, preguntó intentando sonar casual. “Sí, pero se detuvo abruptamente. Tengo que colgar. Hablaremos después”. Esa conversación me dejó intranquilo. Decidí investigar un poco y descubrí que Roberto no solo tenía un departamento, sino dos propiedades más que alquilaba.
El hombre que se quejaba de no tener donde vivir era dueño de tres inmuebles que le generaban ingresos mensuales. Cuando confronté a mi madre con esta información en nuestra siguiente llamada, ella parecía genuinamente sorprendida. No sabía que tenía más de un departamento confesado. Siempre me dijo que ese pequeño departamento en el centro era su única propiedad aparte de su negocio. El negocio de Roberto era una ferretería que había heredado de su padre. siempre se quejaba de que apenas le daba para mantenernos.
Pero ahora todo empezaba a tener sentido. Las vacaciones caras, el auto nuevo, los caprichos que se daba, nunca había sido el dinero de la ferretería, sino las rentas de sus propiedades, propiedades que había mantenido en secreto, incluso de mi madre. Mientras tanto, la demanda seguía su curso. Roberto había contratado a un abogado agresivo que intentaba por todos los medios retrasar el proceso y hacerme gastar en honorarios legales. Su estrategia era clara, desgastarme económica y emocionalmente hasta que se diera.
Lo que Roberto no sabía era que yo también podía ser tenaz. Mi padre me había enseñado a nunca rendirme cuando tenía la razón y esta vez estaba completamente seguro de ella. Una semana después del desalojo, Javier, el hijo mayor de Roberto, apareció en mi oficina en la constructora. Mis compañeros me avisaron que un joven preguntaba por mí en la recepción y al verlo me sorprendí. Nunca habíamos tenido una buena relación y era la última persona que esperaba ver allí.
Necesitamos hablar, dijo secamente cuando me acerqué. Lo llevé a una sala de reuniones vacía, preguntándome qué querría. Mi padre está fuera de control. Comenzó para mi sorpresa. Estás obsesionado con tu casa. No ha parado de hablar de ella desde que nos echaste. Es mi casa, Javier, no la de tu padre. Lo sé, admitió dejándome atónito. Siempre lo he sabido, pero mi padre, él cree que tiene derecho a ella por todo lo que dice haber invertido. Está convencido de que puede ganar este caso.
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