Mi suegra aprovechó un momento de distracción para rebuscar en el paquete bajo el árbol: el que estaba destinado a mí. Pero en cuanto abrió la caja, su rostro se quedó completamente inexpresivo. Lo que acababa de descubrir, claramente, no estaba destinado a caer en sus manos.

Mirabel me miró con veneno, como si yo fuera culpable de haber respirado. Murmuró cosas sobre malentendidos, sobre cómo papá se arrepentiría, sobre cómo nadie lo querría «con su hija bajo los pies».

Papá no respondió. Simplemente repitió, sin alzar la voz:

—Vete.

Esa misma tarde, arrastró su maleta hasta la puerta, con el rostro sombrío y pasos furiosos.

Cuando la puerta se cerró tras ella, la casa parecía… más grande. Más luminosa.

Por primera vez en mucho tiempo, respiré como si el aire volviera a ser mío.

Papá y yo pasamos el resto de la Navidad juntos. Nada extraordinario, y eso fue precisamente lo que la hizo perfecta: panqueques demasiado gruesos, tocino crujiente, chocolate caliente, películas que ya habíamos visto diez veces y risas que regresaban poco a poco, como si las hubiéramos redescubierto en un cajón.

Olvidado.

Esa noche, cuando el fuego se apagó y las guirnaldas proyectaban reflejos dorados en las paredes, papá me entregó otra caja, también envuelta en oro.

“Esta… es para ti. Y solo para ti.”

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