“Por guardármelo todo para mí. Pensé que al irme a la universidad… por fin tendrías un poco de paz.” Solo quería que fueras feliz.
Dejó su taza y luego habló en voz baja, como solía hacerlo cuando yo era pequeña y estaba asustada.
“Soy feliz cuando estás a salvo, Serenya. Y seré aún más feliz cuando dejes de pensar que tienes que aceptarlo todo para no herir mis sentimientos.”
Sonrió, esta vez con una sonrisa genuina.
“Este anillo es tuyo ahora. Un día, alguien bueno te lo pondrá. Alguien que te merezca. Mirabel no era esa persona. Nunca lo fue.”
Y en la suave luz de la sala, entre los restos de papel dorado y el aroma a canela, comprendí algo muy simple:
Esa Navidad, no solo había recibido un regalo.
Había recuperado mi lugar. Mi padre. Y nuestra paz.
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