Su rostro se tensó. "¿La elegirías a ella antes que a mí?"
Daniel no dudó. "Elijo el respeto", dijo. "Y se lo merece".
Eso fue más duro que cualquier nota que hubiera cantado.
Porque lo que finalmente silenció a Verónica no fue el talento.
Fueron los límites.
Los límites reales.
Miró a su alrededor y se dio cuenta de que la sala ya no estaba con ella. Forzó una risa, débil y hueca, y luego retrocedió, derrotada de una forma a la que no estaba acostumbrada.
Más tarde, cuando los invitados se fueron y las luces se atenuaron, Daniel me tomó la cara entre las manos.
"Estuviste increíble", susurró.
Sonreí, agotada. "No intentaba impresionar a nadie", dije. "Me estaba recordando quién soy".
Y esa era la verdad.
Porque la verdadera victoria no fueron los aplausos.
Fue entrar en mi nueva vida sin acobardarme por nadie, ni siquiera por su madre.
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