Una oleada de risas recorrió a los invitados, cada vez más fuerte. La gente se inclinó hacia delante. Los teléfonos ya estaban levantados, listos para grabar mi vacilación, mi voz entrecortada, mi humillación. Casi podía imaginarme el vídeo reproduciéndose en bucle en internet durante años.
Me temblaban las manos.
Daniel se inclinó hacia mí, con la voz tensa por la preocupación. “Si no quieres…”
Se suponía que este sería el día de mi boda. Pero Verónica quería que fuera su actuación.
Miré a mi marido y comprendí algo con claridad: si me echaba atrás ahora, ella no pararía nunca. Ni en las fiestas. Ni en las cenas familiares. Nunca.
Así que negué con la cabeza.
"No", dije en voz baja. "Lo haré yo".
Daniel me miró a la cara. "¿Estás segura?"
Antes de que el miedo pudiera detenerme, di un paso al frente y levanté el micrófono.
"De acuerdo", dije.
Y entonces canté.
La primera nota resonó en la sala.
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