Mi suegra intentó humillarme en la boda. Me dio el micrófono, apagó la música y dijo con desdén: «Anda. Canta sin música; veamos tu verdadero talento». La sala vibraba, los teléfonos ya descolgados, esperando a que fallara. Tragué saliva con dificultad.

El ridículo había desaparecido.

Incluso los camareros se detuvieron, con las bandejas suspendidas en el aire.

Terminé con la última nota y la dejé que se prolongara en el silencio, suave y firme, como un último aliento.

Por un instante, nadie se movió.

Entonces, una voz desde atrás murmuró: "¡Dios mío!".

Siguieron los aplausos: lentos al principio, inseguros, luego crecientes como una marea. La gente se puso de pie, no por cortesía, sino porque se sentía obligada a hacerlo.

Bajé el micrófono y me concentré en respirar.

Me temblaban las manos, pero no de miedo.

De adrenalina.

Me giré ligeramente y vi a Verónica.

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