Mi suegra llevaba tres años postrada en cama. Mientras me ayudaba a doblar la ropa, mi hija de cinco años se quedó sin aliento y me ofreció algo con los ojos muy abiertos.

Ninguno de los dos reconocimos el medicamento, pero la atrevida advertencia nos pareció ominosa, casi acusadora.

Y una fría comprensión nos invadió a ambos:

Si este medicamento era peligroso... y si databa de antes de su derrame... entonces alguien lo había escondido.

O peor aún, alguien no quería que supiéramos de su existencia.

Mark estaba sentado a la mesa de la cocina, dándole vueltas al frasco entre los dedos una y otra vez, con la mandíbula apretada. En la sala, Sophie se sonrojaba en silencio, completamente ajena a la tormenta que se avecinaba a nuestro alrededor.

“Claire”, dijo Mark, vacilante, “este medicamento… es fuerte. Lo busqué. Se usa para enfermedades nerviosas crónicas. A mamá nunca le diagnosticaron nada parecido”.

“Nunca mencionó el dolor”, añadí. “Ni pidió un medicamento nuevo”.

“Y la fecha”, dijo Mark, tocando la etiqueta descolorida. “Se lo surtieron justo dos meses antes del derrame cerebral. Fue más o menos por esa época cuando nos decía que se sentía rara. No enferma, solo cansada, aturdida”.

Un escalofrío me recorrió la piel.

“¿Y si los síntomas no se debían al derrame cerebral… sino a esto?”

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