Mi timbre sonó a las siete de una gélida mañana de sábado, y yo no tenía ningunas ganas de visitas. El reloj marcaba las 7:02. La casa estaba en silencio, salvo por el zumbido de la calefacción luchando contra el frío. Afuera, casi treinta centímetros de nieve cubrían la calle. Mis rodillas de sesenta y nueve años protestaron en cuanto las saqué de la cama.

Me llamo Antonio Ruiz. Jubilado, exjefe de obra. Viudo. Un hombre que aprecia sus horas de tranquilidad. Así que un timbre a esa hora solo podía significar problemas o un vendedor insistente. Refunfuñando, me puse la bata y arrastré los pies hasta la puerta. Por la mirilla solo vi un gorro de lana pegado al cristal.
Abrí una rendija y el frío me mordió los tobillos. —¿En qué puedo ayudarlos? —pregunté con el mal humor propio de quien ha sido despertado sin permiso.
En el porche había dos chicos temblando. El mayor parecía tener unos trece años; el menor, once. Ninguno llevaba ropa adecuada para el invierno: uno una chaqueta fina, el otro una sudadera empapada. Cada uno sostenía una pala; una de plástico, la otra reparada con cinta americana. El mayor carraspeó con una seriedad que no correspondía a su edad. «Señor Ruiz… ¿quiere que le quitemos la nieve del camino de entrada? Podemos hacer también la acera y las escaleras».
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