—Lo sé —respondí con calma—. Han trabajado tres horas. Dos trabajadores. Veinticinco la hora cada uno. Se lo han ganado con creces. Esto no es un regalo, es el pago justo por un trabajo excepcional.
Pablo, el más pequeño, miró el dinero y de repente se le humedecieron los ojos. Se quedó en silencio, apretando su pala rota contra el pecho. Diego tragó saliva con dificultad, tratando de mantener la compostura de hombre adulto que había mostrado toda la mañana.
—Señor —dijo con la voz quebrada—, nuestra madre limpia por las noches en el hospital. Esta mañana, cuando quiso salir, se le averió la batería del coche. No arrancaba. Estaba desesperada porque pensaba que perdería el turno y el trabajo si faltaba de nuevo. En la tienda de recambios le dijeron que una batería nueva cuesta ciento cuarenta y dos euros. Solo queríamos reunir lo suficiente para que ella pudiera ir a trabajar esta noche.
La verdad me golpeó más fuerte que el viento del norte. Aquellos niños no estaban allí por un capricho, ni por dinero para dulces o juegos. Estaban allí salvando el sustento de su familia, armados con una pala vieja y una voluntad inquebrantable. Estaban rescatando a su madre del miedo a perderlo todo.
—Pues ahora tienen de sobra —dije, sintiendo un nudo en la garganta que apenas me dejaba hablar—. Y les queda algo para que compren algo de comer después de ir a la tienda.
Diego asintió, incapaz de articular palabra. Se dieron la vuelta y salieron corriendo. No fueron a su casa a descansar ni a jugar. Los vi correr calle abajo, hacia la tienda de recambios que está a tres calles de aquí, llevando consigo la esperanza de su madre en el bolsillo de una chaqueta demasiado fina.
Muchos dicen que la juventud de hoy está perdida, que nadie quiere esforzarse, que todos esperan que las cosas caigan del cielo. Pero lo que yo vi aquella mañana de sábado fueron dos héroes anónimos. Vi dos chicos con más sentido de la responsabilidad, más coraje y más hombría que muchos adultos con traje y corbata que he conocido en mis obras.
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