—Eso no puede ser —respondí, forzando una sonrisa—. Seguro se confundió.

Pero durante todo el camino al trabajo, esa sensación de inquietud no se me quitó del pecho. Valentina llevaba semanas más callada. Comía poco. Siempre estaba cansada. Yo lo había atribuido al estrés de la secundaria… pero ¿y si era algo más?
Esa noche, durante la cena, se comportó normal: educada, tranquila, diciéndome que en la escuela todo estaba “bien”. Cuando repetí lo que había dicho doña Carmen, Valentina se tensó apenas un segundo y luego se encogió de hombros con una risa nerviosa.
—Seguro vio a otra niña, mamá. Yo sí voy a la escuela, te lo prometo.
Pero algo dentro de ella tembló. Yo lo sentí.
Intenté dormir, pero mi mente no dejaba de dar vueltas.
¿Y si estaba faltando a clases?
¿Y si me estaba ocultando algo?
¿Algo peligroso?
A las dos de la mañana, lo supe.
A la mañana siguiente actué como si nada pasara.
—Que te vaya bien en la escuela —le dije a las 7:30 cuando salió con su mochila.
—Igual a ti, mamá —respondió bajito.
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