Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar, así que fingí irme al trabajo y me escondí debajo de la cama. Minutos después, oí varios pasos por el pasillo.

Quince minutos después, subí al coche, avancé unas cuadras, me estacioné detrás de unos árboles y regresé caminando sin hacer ruido. El corazón me latía con fuerza a cada paso. Entré a la casa, cerré con llave y subí directo al cuarto de Valentina.

Todo estaba impecable.
La cama perfectamente tendida.
El escritorio ordenado.

Si ella regresaba a escondidas, jamás esperaría encontrarme ahí.

Me tiré al piso y me metí debajo de la cama.

El espacio era estrecho, polvoso y oscuro. Apenas podía ver la base del colchón. Mi respiración sonaba demasiado fuerte. Apagué el celular y esperé.

9:00 a.m. Nada.
9:20. Seguía sin pasar nada. Las piernas se me entumían.
¿Y si me estaba imaginando todo?

Entonces—

CLIC.

La puerta principal se abrió.

Todo mi cuerpo se paralizó.

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