Pasos.
No unos… varios.
Pisadas ligeras, rápidas, cuidadosas. Como de niños tratando de no hacer ruido.
Contuve la respiración.
Y entonces lo escuché:
—Shhh… en silencio —susurró una voz.
La voz de Valentina.
Estaba en casa.
No estaba sola.
Y lo que fuera que estaba ocurriendo ahí abajo… estaba a punto de descubrir la verdad.
Permanecí debajo de la cama, apenas respirando, mientras los pasos cruzaban el pasillo. Voces de niños. Tres, quizá cuatro. El corazón me golpeaba contra el piso.
La voz de mi hija flotó hacia arriba:
—Siéntense en la sala. Voy por agua.
Una voz temblorosa respondió:
—Gracias…
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