Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar, así que fingí irme al trabajo y me escondí debajo de la cama. Minutos después, oí varios pasos por el pasillo.

—Perdón, mamá… no quería preocuparte. No quería que pelearas sola otra vez.

La abracé con fuerza.

—Mi amor, nunca tienes que esconder tu dolor de mí. Nunca.

Los otros niños —dos niñas y un niño— se quedaron inmóviles, con miedo, esperando un regaño.

Me giré hacia ellos con suavidad.

—Están a salvo aquí. Siéntense.

Poco a poco se sentaron en el sillón.

—¿Cómo se llaman? —pregunté.

—Soy Mía
Diego
—Y yo Renata —susurró la más pequeña.

Uno por uno contaron sus historias: acoso, amenazas, burlas, maestros que ignoraban todo. Cada palabra era un golpe.

—¿Y el director? —pregunté.

Valentina tragó saliva.

—Dice que no es bullying. Que no reporten nada porque no quiere mala imagen.

Mis manos temblaban de rabia.

Luego Valentina abrió una carpeta oculta en su computadora.

Capturas. Mensajes. Fotos. Videos.

“Muérete.”
“Nadie te quiere.”
“No sirves.”

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