Mientras estaba en la recepción de mi propia boda, mi madre se inclinó y susurró: «Dale tu penthouse a tu hermana». La sala quedó en silencio mientras sonreía y decía: «Todos, por favor, miren la pantalla».

Diane: «Nada todavía. Estamos documentando. Si se resiste, le mostramos que es inestable. Lo presentamos como una preocupación. Pero primero, encuentra la caja fuerte».

Se me entumecieron los dedos. Recordé la pregunta casual de mi madre meses antes: ¿había guardado algo «importante» en casa? En la pantalla, Chloe revolvía los cajones mientras mi madre tomaba fotos con su teléfono: el plano, el armario, la vista del balcón. Entonces Chloe vio la carpeta en mi escritorio: los documentos de la propiedad que, tontamente, había dejado ordenados.

Chloe: "Aquí. Escrituras. Extractos de la hipoteca".
Diane: "Bien. Fotografiadlo todo. Si insiste en que es solo suyo, le recordaremos lo que significa la familia".

Una voz entre la multitud rompió el silencio. "¡Dios mío!".

Las sillas rasparon. Se extendieron los susurros. Finalmente miré a mi derecha.

Ethan permanecía rígido junto a su padrino, con la boca ligeramente abierta. Cuando nuestras miradas se cruzaron, primero apareció la confusión, luego la ira, luego algo feroz y protector. Se acercó a mí, pero levanté un dedo sin apartar la vista de la pantalla. Todavía no.

La grabación se cortó de nuevo. Apareció una nueva marca de tiempo: hacía dos días.

Esta vez, no eran Chloe y mi madre las que estaban dentro de mi ático. Era la entrada de servicio en la planta baja del edificio. Dos hombres con chaquetas oscuras aparecieron, con los rostros medio ocultos. Uno llevaba una estrecha bolsa de herramientas. El otro llevaba guantes.

Se me encogió el estómago.

No los reconocí.

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