Mientras me probaba los zapatos de novia frente al espejo, escuché por casualidad a mi futura suegra decir en voz baja: —¿Estás seguro de que ella no sospecha nada? Queremos quedarnos con su apartamento y con su dinero. Después la enviaremos a un manicomio. Me quedé completamente paralizada, sin poder decir una sola palabra. Entonces… sonreí.

Mis manos empezaron a temblar. El zapato cayó al suelo con un golpe sordo. Me llevé la mano a la boca para no gritar. No podía creer lo que estaba escuchando. Yo, Laura Martínez, arquitecta, independiente, había sido reducida a un plan, a un botín.

—Ella no tiene familia cercana —continuó Carmen—. Y tú serás el esposo preocupado. Todo será fácil.

Durante unos segundos eternos, el mundo se detuvo. Sentí náuseas, rabia, miedo… pero algo más empezó a crecer dentro de mí: claridad. Una lucidez dolorosa, pero poderosa. Cerré los ojos, respiré hondo y, contra toda lógica, sonreí.

Sonreí porque entendí que acababa de recibir el regalo más peligroso y más valioso: la verdad. Y mientras en la cocina seguían planeando mi destrucción, yo ya estaba planeando mi salvación.

Cuando Daniel abrió la puerta del dormitorio minutos después y me vio sentada tranquilamente con los zapatos en la mano, levanté la vista y le dije con dulzura:

—Me quedan perfectos.

Él sonrió, sin saber que, en ese mismo instante, su juego acababa de empezar a desmoronarse.

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