Esa noche casi no dormí. Daniel roncaba a mi lado con la tranquilidad de quien se cree victorioso, mientras yo miraba el techo repasando cada detalle de lo que había escuchado. No lloré. No grité. Decidí actuar con la cabeza fría, porque el pánico era exactamente lo que ellos esperaban de mí.
A la mañana siguiente pedí el día libre en el trabajo y fui directamente a ver a Isabel, una abogada especializada en derecho familiar y patrimonial, antigua compañera de la universidad. No le conté todo de golpe; le mostré primero los documentos: escrituras del apartamento, extractos bancarios, el borrador del acuerdo matrimonial que Daniel me había pedido firmar “por formalidad”. Isabel frunció el ceño de inmediato.
—Laura, esto está muy mal planteado para ti —dijo—. Pero aún estás a tiempo.
Entonces le conté lo que había oído. Cada palabra. Isabel no se sorprendió; se indignó.
—Necesitamos pruebas —afirmó—. Y protegerte legalmente ya.
Durante los días siguientes, actué como la novia perfecta. Sonreía, hablaba de flores y menús, dejaba que Carmen me abrazara con falsa ternura. Mientras tanto, con la ayuda de Isabel, grabé conversaciones, cambié contraseñas, protegí mis bienes y preparé una carpeta con todo: audios, mensajes, documentos. Incluso consulté de manera preventiva con un psicólogo para dejar constancia oficial de mi perfecto estado mental.
El ensayo general de la boda se realizó en un pequeño restaurante. Carmen levantó su copa y dijo:
—Brindemos por la felicidad eterna de la pareja.
Yo choqué mi copa con la suya y le sostuve la mirada. Ella no supo por qué, pero apartó los ojos.
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