Mientras me probaba los zapatos de novia frente al espejo, escuché por casualidad a mi futura suegra decir en voz baja: —¿Estás seguro de que ella no sospecha nada? Queremos quedarnos con su apartamento y con su dinero. Después la enviaremos a un manicomio. Me quedé completamente paralizada, sin poder decir una sola palabra. Entonces… sonreí.

Dos días antes de la boda, Daniel me pidió que firmara unos papeles “urgentes” relacionados con el banco. Le dije que prefería revisarlos con calma. Su sonrisa se tensó apenas un segundo. Fue suficiente.

El gran día llegó. La iglesia estaba llena. Mi vestido era hermoso. Caminé hacia el altar con paso firme, no como una víctima, sino como alguien que va a cerrar un capítulo. Cuando el sacerdote preguntó si alguien tenía algo que objetar, fui yo quien dio un paso adelante.

—Sí —dije con voz clara—. Yo tengo algo que decir.

Saqué la carpeta. El murmullo recorrió la iglesia como una ola. Daniel palideció. Carmen se levantó de golpe.

—Antes de casarme con este hombre —continué—, todos deben escuchar quién es realmente.

Y entonces, pulsé “reproducir”.

Las grabaciones resonaron en la iglesia con una claridad brutal. La voz de Carmen, fría y calculadora. La de Daniel, cómplice. Cada palabra sobre el apartamento, el dinero, el manicomio. La gente se quedó paralizada. Algunos se taparon la boca. Otros miraron a Daniel con horror.

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