Era como si hubiera estado ciego a su belleza interior y exterior durante todos esos meses de recuperación. Los días siguientes se convirtieron en una revelación constante sobre la personalidad extraordinaria de Libia, que Gael había subestimado completamente. Durante las mañanas, cuando ella preparaba el desayuno, ahora podía escuchar las canciones mexicanas tradicionales que cantaba suavemente mientras trabajaba, melodías llenas de esperanza y fe que llenaban la cocina de una calidez que contrastaba con la frialdad que Marcela había traído a la casa.
Libia tenía una voz hermosa, dulce pero fuerte, que reflejaba perfectamente su carácter, suave en la superficie, pero con una fortaleza inquebrantable en el fondo. Cuando hablaba por teléfono con su madre los domingos, Gael escuchaba conversaciones llenas de amor familiar, respeto y valores genuinos que le recordaban lo que realmente importaba en la vida. Mamá, estoy bien. El trabajo está tranquilo y el señor Gael es muy buena persona. Le decía con una ternura que tocaba algo profundo en el corazón del empresario.
En esas conversaciones también mencionaba sus sueños. Quería estudiar enfermería para ayudar a más personas. Estaba ahorrando cada peso para enviar a su hermano menor a la universidad y siempre terminaba agradeciendo a Dios por tener trabajo y salud. La humildad y nobleza de sus aspiraciones contrastaban dramáticamente con las ambiciones superficiales y materialistas que ahora reconocía en Marcela. La transformación en los sentimientos de Gael no fue solo mental, sino completamente física y emocional. comenzó a esperar con ansiedad los momentos cuando Libia entraba a su estudio para limpiar o llevarle café, fingiendo estar concentrado en sus documentos mientras en realidad observaba cada uno de sus movimientos con una fascinación creciente.
Su forma de doblar la ropa era perfecta, pero sin presunción. Su manera de arreglar los libros mostraba un respeto genuino por el conocimiento y cuando creía que él no la veía, ocasionalmente se detenía a leer los títulos con curiosidad intelectual. Una tarde, Gael la vio discretamente ojeando uno de sus libros de historia de México con una expresión de concentración que le resultó increíblemente atractiva. Cuando ella se dio cuenta de que él la había descubierto, se sonrojó y le escribió una nota disculpándose.
Perdón, señor Gael, me gusta leer, pero no quería tocar sus cosas sin permiso. le escribió de vuelta, “Puede tomar cualquier libro que le interese.” Y la sonrisa de gratitud que recibió iluminó completamente su día. Durante las tardes, cuando ella trabajaba en el jardín regando las plantas, Gael se descubrió inventando excusas para salir a la terraza solo para verla, admirando cómo hablaba suavemente a las flores, como si fueran seres vivos que merecían cariño. El contraste entre las dos mujeres se volvía más evidente cada día, especialmente en los momentos difíciles que aún experimentaba Gael con su readaptación social.
Cuando tenía citas médicas de seguimiento, Marcela generalmente encontraba excusas para no acompañarlo, alegando compromisos sociales o citas de belleza que consideraba más importantes. En esas ocasiones, Libia se ofrecía voluntariamente para acompañarlo, esperando pacientemente durante las consultas y mostrando genuino interés en su progreso. Después de las citas, Marcela preguntaba mecánicamente, “¿Cómo te fue?”, sin realmente esperar una respuesta detallada, mientras que Libia tomaba tiempo para leer sus notas sobre lo que había dicho el doctor y hacía preguntas específicas que mostraban que realmente se preocupaba por su bienestar.
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