Libia estaba en la cocina preparando la cena cuando se fue la luz dejando toda la casa en completa oscuridad. Gael escuchó sus pasos suaves moviéndose con cuidado para encontrar velas y linternas, y su voz dulce murmurando, “No se preocupe, señor Gael, ya vengo con luz.” Era increíble como incluso en la oscuridad ella pensaba primero en su bienestar antes que en el suyo propio. El empresario sabía que este era el momento que había estado esperando, cuando estarían completamente solos y sin distracciones para tener la conversación más importante de sus vidas.
Cuando Libia llegó al comedor con varias velas encendidas, su rostro resplandecía con una belleza angelical que literalmente le quitó el aliento a Gael. La luz dorada de las llamas danzaba en sus ojos castaños, creando destellos que parecían reflejar la pureza de su alma. “Señor Gael, encontré estas velas en la despensa”, le escribió en su libreta con letra cuidadosa. “La luz debería regresar pronto, pero mientras tanto podemos cenar así, ¿le parece bien?” Él asintió, pero por primera vez en meses no respondió inmediatamente con gestos.
En su lugar la observó fijamente con una intensidad que la hizo sonrojarse ligeramente. Libia preparó la mesa con movimientos gráciles, acomodando los platos y cubiertos con el mismo cuidado que siempre ponía en cada detalle de su trabajo. Durante la cena conversaron como siempre lo hacían. Ella escribiendo preguntas sobre su día y él respondiendo con señas. Pero había algo diferente en el ambiente, una tensión emocional que ambos podían sentir sin poder explicarla. Los truenos seguían resonando afuera, pero adentro de la casa, iluminada solo por velas, se había creado una intimidad que Gael nunca había experimentado.
Era como si el mundo exterior hubiera desaparecido, dejándolos solos en una burbuja de luz cálida, donde solo existían ellos dos. Después de la cena, mientras Libia recogía los platos, Gael tomó una decisión que sabía cambiaría todo entre ellos para siempre. Se acercó a ella y suavemente tocó su brazo para llamar su atención. Cuando ella se volvió, él comenzó a hablar en voz alta por primera vez en su presencia desde el accidente. “Libia, necesito decirte algo muy importante.” La expresión de shock absoluto en su rostro fue indescriptible.
Los platos que tenía en las manos casi se le cayeron al suelo. “Señor Gael, usted puede escuchar.” Susurró con voz temblorosa, como si no pudiera creer lo que estaba presenciando. Él asintió lentamente, sintiendo como las lágrimas comenzaban a formar en sus ojos. “Puedo escuchar, Libia. Recuperé la audición hace semanas, pero decidí mantenerlo en secreto. Ella se llevó las manos a la boca, sus ojos llenándose de lágrimas de alegría y confusión al mismo tiempo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no nos dijo?
La pregunta que había estado temiendo llegó con toda la inocencia y honestidad que caracterizaba a Libia. Y Gael supo que tendría que ser completamente honesto sobre sus motivos, sin importar cuán doloroso fuera explicarle lo que había descubierto sobre Marcela. La conversación que siguió fue la más honesta y emotiva que Gael había tenido en toda su vida adulta. Necesitaba saber quién realmente me amaba por lo que soy, no por lo que tengo. Le explicó mientras se sentaban juntos en el sofá de la sala las velas creando un ambiente íntimo y confesional.
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