Te amo, Libia”, le dijo con una certeza que no había sentido nunca antes. “Y creo, creo que tú también me amas a mí.” Ella asintió a través de las lágrimas. “Sí, lo amo, señor Gael. Lo he amado desde hace mucho tiempo.” Pero lo que no sabían era que su felicidad estaba a punto de ser puesta a prueba de la manera más brutal posible. El lunes por la mañana, Marcela regresó de su viaje con Roberto Mendoza de muy mal humor, claramente frustrada porque sus planes de seducción no habían resultado como esperaba.
Gael había vuelto a fingir su sordera para evitar confrontaciones prematuras, pero ahora que había confesado su amor a Livia, mantenerla fachada se había vuelto aún más complicado emocionalmente. Durante el desayuno, Marcela escribió mensajes cortantes sobre lo aburrida que había sido la exposición de moda y lo decepcionante que habían resultado los contactos comerciales que supuestamente había ido a hacer. Sin embargo, Gael notó algo diferente en su comportamiento, una tensión nerviosa que no había visto antes, como si estuviera evaluando cada uno de sus movimientos con sospecha.
Libia servía el café con la misma elegancia de siempre, pero había un brillo especial en sus ojos que solo Gael podía interpretar, el reflejo del amor secreto que ahora compartían. Durante toda la semana, los dos se las ingeniaron para comunicarse a través de miradas cómplices y pequeños gestos que pasaban desapercibidos para Marcela, pero que creaban una intimidad emocional que llenaba a Gael de una felicidad que no había sentido en años. Sin embargo, Marcela comenzó a hacer preguntas extrañas sobre su rutina, sus horarios de terapia y especialmente sobre el tiempo que pasaba solo con Libia.
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