Estas pequeñas atenciones comenzaron a crear una sensación de comodidad y comprensión que contrastaba fuertemente con la tensión que sentía cuando Marcela estaba presente. Los fines de semana revelaban aún más las grietas en su relación con Marcela y la creciente dependencia emocional hacia Libia. Marcela insistía en mantener sus compromisos sociales, llevándolo a cenas y eventos donde él se sentía como un espectador silencioso de su propia vida. Ella hablaba por él, decidía por él y lo presentaba como si fuera un objeto de lástima que requería cuidados especiales.
En estos eventos, Gael notaba como los ojos de las personas se desviaban incómodamente cuando él intentaba participar en las conversaciones y como Marcela rápidamente intervenía para facilitar la comunicación. Sin embargo, cuando regresaban a casa, era Libia quien lo esperaba con una sonrisa genuina, quien le preguntaba a través de notas cómo había sido su noche y quien parecía realmente interesada en sus respuestas. Los domingos por la tarde, mientras Marcela se arreglaba las uñas o hablaba por teléfono con sus amigas, Libia y él desarrollaron un ritual silencioso de trabajar juntos en el jardín de la mansión.
Ella regaba las plantas mientras él leía y ocasionalmente intercambiaban sonrisas y gestos que se sentían más íntimos que cualquier conversación que hubiera tenido con Marcela en meses. La máscara de normalidad que Gael mantenía ante el mundo comenzó a pesarle cada vez más, especialmente cuando se daba cuenta de que las personas más cercanas a él lo trataban de maneras completamente diferentes. Marcela había comenzado a tomar decisiones importantes sin consultarlo, asumiendo que su condición lo hacía menos capaz de manejar asuntos complejos.
cancelaba reuniones en su nombre, rechazaba invitaciones sociales sin preguntarle y hablaba de él como si fuera un niño que necesitaba protección constante. Sus amigos empresarios, que antes lo buscaban para consejos y sociedades, ahora raramente lo contactaban directamente, prefiriendo hablar con Marcela sobre cualquier asunto relacionado con él. En contraste, Libia lo trataba exactamente como había hecho desde el primer día, con respeto, dignidad y una consideración genuina por sus opiniones y sentimientos. Cuando él escribía notas largas explicando sus frustraciones o preocupaciones, ella las leía completamente y respondía con comentarios reflexivos que mostraban que realmente había entendido sus palabras.
Durante las noches solitarias, cuando Marcela salía con sus amigas alegando que necesitaba un respiro, Gael se encontraba buscando la compañía silenciosa de Libia, quien trabajaba tranquilamente cerca de él, creando una atmósfera de paz que no había sentido desde antes del accidente. Pero lo que él no sabía era que muy pronto tendría la oportunidad de escuchar exactamente lo que ambas mujeres realmente pensaban de él. Después de seis meses viviendo en el silencio, el Dr. Ramírez citó a Gael para una consulta de rutina que cambiaría todo su mundo.
En su elegante consultorio privado del Hospital Ángeles, el especialista en otorrinolaring revisó los últimos estudios con una expresión de sorpresa que Gael no había visto antes. A través de gestos y diagramas, el médico le explicó que la inflamación en su oído interno había disminuido significativamente y que existía la posibilidad de recuperar parte de su audición mediante un procedimiento experimental. Gael sintió como si le hubieran dado una segunda oportunidad de vida, pero el doctor fue claro. El tratamiento requería múltiples sesiones de terapia neural y medicamentos muy específicos, sin garantías de éxito total.
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