MILLONARIO FINGIÓ UN ACCIDENTE PARA PROBAR A SU NOVIA Y SUS GEMELOS. HASTA QUE LA EMPLEADA DOMÉSTICA

La fuerza en la mano de Alejandro era antinatural para alguien que supuestamente llevaba días perdiendo masa muscular, pero el pánico de Valeria fue más fuerte que su lógica. Alejandro abrió la mano bruscamente, soltándola como si su piel quemara. Valeria tropezó hacia atrás, cayendo sobre el regazo de Roberto, frotándose la muñeca donde las marcas rojas de los dedos de su esposo ya comenzaban a brotar.

¿Está loco?”, gritó ella con los ojos desorbitados, mirando a Alejandro con una mezcla de miedo y odio. “¿Vieron eso? Casi me rompe el hueso. Es un animal. Es peligroso. El notario, el licenciado Pérez, limpió el sudor de su frente con un pañuelo tembloroso. Señora Montemayor, si el Señor se niega a firmar y muestra eh agresividad, tal vez deberíamos posponer esto.

La ley es clara sobre la coacción. Al con la ley interrumpió Roberto poniéndose de pie y ajustándose la chaqueta. No necesitamos su firma si declaramos que es un peligro para sí mismo y para los demás. Valeria llama a seguridad. Se acabó la paciencia. Si no firma por las buenas, lo sacamos de aquí como la basura que es. Alejandro permaneció en silencio, respirando profundamente.

Había soltado a Valeria a propósito. Podría haber terminado todo en ese segundo, ponerse de pie y destruir a Roberto con sus propias manos, pero una voz en su cabeza le dijo que esperara. Necesitaba ver hasta dónde llegaba la traición. Necesitaba ver si los guardias de seguridad, hombres a los que él había pagado aguinaldos dobles durante años, también le darían la espalda.

Y sobre todo, necesitaba proteger a Elena y a los niños del caos físico, que se desataría si peleaba en ese espacio cerrado. “Seguridad”, gritó Valeria al intercomunicador de la pared. “Suban todos a la habitación. principal. Ahora, segundos después, cuatro hombres corpulentos uniformados entraron en la habitación.

A la cabeza estaba el jefe de seguridad, Ramírez, un hombre que Alejandro consideraba leal. “Señora, ¿qué sucede?”, preguntó Ramírez mirando confundido la escena. El millonario en la cama, la esposa despeinada, el amante bebiendo champán y la empleada llorando en un rincón. Ramírez, saca a este hombre de mi casa”, ordenó Valeria señalando a Alejandro.

Se ha vuelto violento, me atacó y llévate a la sirvienta y a los niños con él a la calle. Ramírez parpadeó incrédulo. Miró a Alejandro. Pero, señora, es el señor Alejandro. Es su casa. Está lloviendo a cántaros afuera. Ya no es su casa. Intervino Roberto acercándose a Ramírez y poniéndole un fajo de billetes en el bolsillo de la camisa.

A partir de mañana, yo soy el nuevo administrador y si quieres conservar tu empleo, harás lo que se te ordena, sácalos ahora o tú también te vas a la calle con ellos. Ramírez dudó, miró el dinero, miró a Alejandro postrado en la cama. La codicia y el miedo brillaron en sus ojos. Bajó la mirada. Lo siento, señor Alejandro, murmuró Ramírez.

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