Estaba siendo salvado, realmente salvado. Elena intentó decir, “Guarde fuerzas, señor”, le respondió ella jadeando. “Ya casi llegamos.” Llegaron a la pequeña estructura de concreto de la parada de autobús. Estaba sucia y tenía grafitis, pero el techo los protegía de la lluvia directa. Elena frenó la silla y corrió a sentar a los niños en el banco de concreto, sacando de su bolsillo unos chocolates que había guardado.
“Miren, mis amores, es una aventura”, les dijo a los gemelos secándoles las caritas con sus manos frías. “Coman esto, todo va a estar bien.” “Papá está aquí.” “Yo estoy aquí.” Luego se giró hacia Alejandro, se arrodilló frente a él en el suelo sucio, tomándole las manos heladas entre las suyas para darle calor.
“Señor”, dijo ella mirándolo a los ojos con el rímel corrido por la lluvia, pero con una mirada de acero. “Necesito decirle algo, algo que debí decirle antes.” Alejandro la miró. El momento de la verdad había llegado, pero no era él quien iba a hablar primero. El ruido de la lluvia golpeando el techo de lámina de la parada de autobús creaba una burbuja de aislamiento acústico.
El mundo de lujos, traiciones y mentiras había quedado atrás, allá arriba en la colina, dentro de la mansión iluminada. Aquí abajo, en la oscuridad y el frío, solo existía la verdad. Alejandro miró a Elena. Estaba empapada hasta los huesos. Su uniforme azul estaba pegado a su cuerpo y temblaba violentamente, pero no soltaba sus manos.
Estaba transfiriendo el poco calor corporal que le quedaba a él. ¿Qué pasa, Elena?, preguntó Alejandro. ya no usó su voz de enfermo. Habló con su voz normal, firme y profunda. Pero Elena, curiosamente no pareció sorprenderse. Elena respiró hondo, bajó la mirada hacia las manos de Alejandro y luego volvió a subirla a sus ojos.
“Señor, yo sé que usted no está paralítico”, soltó ella. El mundo de Alejandro se detuvo por un segundo. El trueno que retumbó a lo lejos pareció insignificante comparado con esa confesión. ¿Qué? Preguntó él genuinamente sorprendido. Había engañado a los mejores médicos con sobornos, a su esposa, a sus socios. ¿Cómo podía saberlo ella? Lo sé desde hace tres días”, continuó Elena hablando rápido, como si necesitara sacar el secreto de su pecho.
La noche que volvió del hospital, entré a su cuarto a limpiar cuando pensé que dormía. Lo vi mover las piernas, lo vi estirarse. Al principio me asusté, pensé que era un milagro, pero luego luego lo vi mirando una foto de la señora Valeria con una expresión de de tristeza y cálculo. Elena apretó las manos de él con más fuerza.
Entendí que usted estaba probándola, que estaba buscando algo que el dinero no puede comprar, la verdad. Por eso no dije nada. Por eso le seguía el juego cuando la señora Valeria lo insultaba. Por eso le daba las medicinas falsas que usted escupía en la servilleta cuando creía que nadie lo veía. Yo las tiraba a la basura para que ella no las encontrara.
Alejandro se quedó mudo. Sintió una opresión en el pecho, pero esta vez era de gratitud pura. Todo este tiempo él pensaba que estaba solo en su trinchera, observando al enemigo, pero no estaba solo. Tenía un aliado en las sombras, un ángel guardián con guantes amarillos. ¿Por qué?, preguntó Alejandro con la voz ronca por la emoción.
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