La mano de Marta se clavó en mi brazo como una garra desesperada. Sus ojos, normalmente serenos, ahora ardían con un terror que nunca había visto. “Silencio, don Ricardo. Por lo que más quiera, no haga ruido”, susurró con voz quebrada. Y entonces me empujó hacia la oscuridad. Jamás imaginé que ese gesto brusco me salvaría de una muerte anunciada. Ricardo Santoro era un hombre acostumbrado a que el mundo se moviera a su ritmo. Empresario poderoso, respetado en los círculos más exclusivos, temido por sus competidores.
Esa noche había decidido regresar a su residencia tres días antes de lo planeado. Quería sorprender a Elena, su esposa. Pensaba en su sonrisa, en la cena íntima que podría preparar. Pequeños gestos que el trabajo le había robado últimamente. El vestíbulo estaba extrañamente iluminado cuando cruzó el umbral.
Las lámparas de cristal proyectaban sombras inquietantes sobre el mármol italiano. Todo parecía preparado, como si alguien esperará visita. Ricardo frunció el ceño. Eran casi las 11 de la noche. Elena solía acostarse temprano cuando él viajaba. De pronto, pasos apresurados resonaron desde el pasillo lateral. No eran los tacones delicados de Elena, eran pasos torpes, nerviosos. Marta apareció como un fantasma. con el rostro pálido como la cera y las manos temblorosas. La mujer que durante 15 años había mantenido su casa impecable ahora lucía descompuesta.
¿Qué sucede, Marta? ¿Dónde está mi esposa? Ricardo comenzó a preguntar, pero ella no le dejó terminar. Lo sujetó con una fuerza que no parecía posible en su cuerpo menudo. “Por favor, don Ricardo”, rogó con voz estrangulada. “confíe en mí solo esta vez. No pregunte nada. Antes de que pudiera protestar, Marta lo arrastró hacia el armario del recibidor. Ese espacio oscuro que siempre había ignorado, lleno de abrigos viejos y cajas olvidadas. La puerta se cerró dejando apenas una rendija.
La respiración de Ricardo se aceleró. ¿Qué demonios estaba pasando en su propia casa? Entonces las escuchó. risas, copas chocando y reconoció esa voz femenina que durante 10 años había escuchado cada mañana, Elena, su esposa, pero no estaba sola. El armario olía naftalina y madera húmeda. Ricardo sentía el corazón golpear contra sus costillas como un animal enjaulado. A través de la pequeña abertura podía ver fragmentos de la sala principal. Las luces estaban encendidas con una intensidad casi provocadora.
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