Marta permanecía inmóvil a su lado, conteniendo la respiración. Las risas se hacían más claras. Ahora había complicidad en ellas, intimidad. Ricardo apretó los puños. Una voz masculina respondía a Elena con una familiaridad que le revolvió el estómago. No era la voz de un desconocido. Era peor, mucho peor. Tranquilo, amor. Todo está saliendo según lo planeado. Decía Elena con un tono que Ricardo jamás había escuchado. Frío, calculador, desprovisto de cualquier emoción genuina. ¿Está segura de que no sospecha nada?
Respondió la voz masculina. Ricardo sintió que la sangre se le congelaba. Conocía a esa voz. La conocía demasiado bien. Marta le puso una mano sobre la boca, anticipando su reacción. Sus ojos suplicaban silencio absoluto. Ricardo asintió levemente, aunque cada músculo de su cuerpo pedía salir de ese escondite y enfrentar lo que fuera que estuviera sucediendo. “Mi esposo es un hombre predecible”, continuó Elena con desprecio apenas disimulado. Siempre sumergido en sus negocios, en sus reuniones interminables. Ni siquiera nota lo que tiene frente a sus narices.
La risa que siguió fue como un cristal rompiéndose. El hombre acompañó el sonido con una carcajada más grave, siempre tan confiado, tan seguro de su pequeño imperio. No tiene idea de que su mundo está a punto de desmoronarse. Ricardo sentía como cada palabra era una puñalada precisa. No podía ser real. Esto tenía que ser una pesadilla. Pronto despertaría en su habitación de hotel con el teléfono sonando para recordarle alguna junta importante. Pero el olor a madera vieja era demasiado real.
El temblor en las manos de Marta era demasiado real. Y esas voces, esas malditas voces eran terriblemente reales. ¿Cuánto tiempo más? Preguntó el hombre. Su tono había cambiado. Ahora sonaba impaciente, hambriento. Poco respondió Elena. Las dosis están funcionando. Lo he visto cansado, mareado. Atribuye todo al estrés, a la edad. Nunca imaginaría la verdad. El mundo de Ricardo se detuvo. Las dosis, el cansancio, los mareos inexplicables de las últimas semanas. Los médicos le habían dicho que trabajaba demasiado, que necesitaba descansar.
Había seguido sus consejos confiando en que todo mejoraría, pero no había mejorado. Cada día se sentía peor. Y ahora sabía por qué. Su esposa lo estaba envenenando. A través de la rendija, Ricardo finalmente pudo ver quién acompañaba a Elena. Su corazón dio un vuelco violento. Deseó estar equivocado. Rogó por estar equivocado, pero la realidad era implacable. Sentado en su sofá italiano sosteniendo una copa de su mejor whisky, estaba Nicolás, su hermano menor, el mismo al que había ayudado a salir de la ruina 5 años atrás, el que lloraba de gratitud cuando Ricardo le ofreció un puesto en la empresa familiar, el que cenaba en su mesa cada domingo.
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