Nicolás y Elena reían juntos como viejos amantes. Porque eso eran, comprendió Ricardo con náusea creciente. Amantes, conspiradores, asesinos. La herencia será toda nuestra, decía Nicolás mientras se aflojaba la corbata. La empresa, las propiedades, las inversiones, todo firmado y sellado a mi nombre cuando él ya no esté. Elena se acercó a él posando una mano sobre su hombro con posesividad. Hemos esperado tanto, mi amor, pero ya falta poco. Solo necesitamos ser pacientes un poco más. Y la criada preguntó Nicolás de pronto.
Marta pasa demasiado tiempo cerca de él. ¿Crees que pueda sospechar algo? En la oscuridad del armario, Marta tenszó cada músculo. Ricardo sintió como ella contenía un soyoso. Ahora entendía por qué lo había escondido, por qué había arriesgado su propio puesto, quizás su propia vida para protegerlo. Esa vieja tonta se burló. Elena es demasiado leal, demasiado sumisa. Jamás cuestionaría nada. Cuando Ricardo muera, simplemente la despediré. No representará ningún problema. Las palabras cayeron como ácido sobre Ricardo. Durante años había visto a Marta como parte del mobiliario.
Alguien eficiente pero invisible. Ahora esa mujer invisible lo estaba salvando mientras su propia familia lo asesinaba lentamente. “Necesitamos aumentar la dosis”, sugirió Nicolás con frialdad profesional. El doctor que sobornaste dijo que con el historial familiar de Ricardo nadie cuestionará un ataque cardíaco, pero debemos acelerar el proceso. Tienes razón, coincidió Elena. Mañana pondré el doble en su café matutino. Con su siguiente viaje a Monterrey, todo habrá terminado antes de fin de mes. Ricardo sintió que las piernas le fallaban.
Un mareo súbito lo golpeó. No era solo el sock emocional, era el veneno. Llevaban semanas, quizás meses, alimentándolo con muerte disfrazada de amor conyugal. Marta lo sostuvo firmemente, evitando que se derrumbara. El más mínimo ruido los expondría a ambos. Y Ricardo no tenía dudas de que si lo descubrían ahora, no saldría vivo de esa casa. El tiempo dentro del armario se había vuelto espeso, sofocante. Ricardo luchaba por mantener la conciencia mientras las voces continuaban tejiendo su red de traición.
Cada palabra era una confirmación más de su sentencia de muerte. Nicolás hablaba ahora de cuentas ofsore, de documentos falsificados, de testigos comprados. La policía no investigará nada, aseguraba su hermano con confianza obscena. Tenemos al juez Márquez en nuestro bolsillo. Un hombre de 62 años con problemas cardíacos que muere de un infarto es casi estadísticamente esperable. Ricardo sintió como el sudor frío le recorría la espalda. Sus manos temblaban incontrolablemente. El veneno estaba actuando en ese preciso momento, debilitándolo, preparándolo para el final que habían planeado con tanta meticulosidad.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
