De pronto, su codo rozógo en la oscuridad. Una caja de zapatos vieja equilibrada precariamente en una repisa cayó al suelo con un golpe seco que resonó como un trueno en el silencio. Las voces se cortaron de inmediato. El silencio que siguió fue peor que 1 gritos. ¿Qué fue eso? La voz de Elena había perdido toda dulzura. Ahora sonaba alerta, peligrosa. Pasos comenzaron a moverse por la sala. Lentos, deliberados, cazando. Ricardo sintió el pánico trepar por su garganta.
Marta lo miraba con ojos desorbitados, calculando opciones que no existían. Entonces ella hizo algo extraordinario. Se apartó de Ricardo, abrió la puerta del armario apenas lo suficiente para deslizarse fuera y caminó hacia el pasillo puesto con una naturalidad fingida que rayaba en lo heroico. Su rostro no mostraba miedo, solo la expresión cansada de una empleada doméstica cumpliendo con tareas nocturnas. Marta, la voz de Elena era un látigo. ¿Qué haces despierta a esta hora? Disculpe, señora,”, respondió Marta con voz monótona.
“Escuché un ruido. Vine a revisar que todo estuviera bien.” Ricardo observaba desde la rendija conteniendo la respiración. Marta se dirigió hacia el otro extremo de la casa donde estaban apiladas cajas de provisiones. Con un movimiento aparentemente torpe, empujó una torre de latas que cayó estrepitosamente. El ruido fue ensordecedor, perfecto. Una distracción magistral. Por Dios, Marta, ten más cuidado gritó Elena, pero sus pasos y los de Nicolás se dirigieron hacia donde la criada había provocado el caos. Marta regresó corriendo al armario.
Sus manos temblaban ahora sin disimulo. Ahora, don Ricardo, tenemos segundos, solo segundos. Lo ayudó a salir. Las piernas de Ricardo apenas respondían. El veneno había avanzado más de lo que imaginaba. se apoyó en Marta sintiendo vergüenza y gratitud en proporciones iguales. Avanzaron pegados a la pared hacia la salida de servicio que Marta usaba cada mañana. Las voces de Elena y Nicolás resonaban distantes, todavía discutiendo sobre el desorden. “¿A dónde me llevas?”, susurró Ricardo. “A un lugar seguro”, respondió ella, “Lejos de ellos, lejos de la muerte.” La puerta trasera se abrió sin ruido.
El aire nocturno golpeó el rostro de Ricardo como una bofetada de realidad. Habían logrado salir, pero apenas la verdadera huida apenas comenzaba. El jardín trasero se extendía como un océano de sombras. Marta conocía cada rincón, cada planta, cada paso seguro que no activaría las luces de movimiento. Guiaba a Ricardo con determinación, evitando el camino principal donde su Mercedes blindado esperaba. Ese auto era su orgullo, equipado con tecnología de rastreo de última generación. Ahora esa misma tecnología era su enemiga.
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