Millonario Llega PRONTO a Casa y la Empleada le dice “NO HABLE…” La Razón lo DEJA HELADO…

Mi auto, podemos, comenzó Ricardo, pero Marth negó con firmeza. Lo rastrearán en minutos. Don Ricardo, confíe en mí, por favor, solo confíe. Bordearon la propiedad por el sector que daba a la calle de servicio. Allí, bajo un árbol viejo, aguardaba un suru destartalado que Ricardo jamás habría mirado dos veces. El auto de Marta, 15 años de fiel servicio, tan ignorado como su dueña, Ricardo cayó en el asiento del copiloto. Su respiración era irregular, entrecortada. El sudor le empapaba la camisa de seda italiana.

Cada latido de su corazón parecía un esfuerzo descomunal. Resista, don Ricardo! Suplicó Marta mientras el motor tosía antes de encender. No se rinda ahora, no después de lo que hemos escapado. Las luces de la mansión Santoro quedaron atrás. Esas ventanas iluminadas que antes significaban hogar y ahora solo representaban una tumba elegante. Ricardo apoyó la cabeza contra el vidrio frío, luchando contra las oleadas de náusea. “¿Cuánto tiempo lo sabías?”, preguntó con voz quebrada. Marta mantuvo la vista en el camino, esquivando las avenidas principales.

Dos semanas. Vi como la señora Elena ponía algo en su café una mañana. Cuando me acerqué después, encontré el frasco escondido en su escritorio. Investigué. Era arsénico. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Me habría creído. La pregunta flotó en el aire cargado del auto. Usted ama a su esposa. Amaba a su hermano. Yo solo soy la criada. Nadie escucha a la criada. Ricardo cerró los ojos. Ella tenía razón. Si Marta hubiera llegado con acusaciones sin pruebas, ella habría despedido por difamar a Elena.

La habría echado a la calle por levantar falsos testimonios contra Nicolás. Su lealtad a la familia lo habría cegado. Necesitaba que usted lo viera con sus propios ojos”, continuó Marta. “Que escuchara con sus propios oídos. Solo así me creería, solo así se salvaría.” El auto se detuvo frente a una casa modesta en una colonia que Ricardo ni siquiera sabía que existía. Casas pequeñas, pintura descascarada, pero ventanas con luz cálida, vida real, sin el barniz del dinero. ¿Dónde estamos?

En la casa de mi hermana, respondió Marta. Aquí no lo buscarán. Aquí estará seguro mientras decidimos qué hacer. Ricardo intentó bajar del auto y sus piernas se dieron. Marta lo sostuvo con una fuerza que desmentía su figura pequeña. Juntos avanzaron hacia la puerta donde una mujer mayor esperaba con rostro preocupado. ¿Es él?, preguntó la hermana. Sí, Rosa, es don Ricardo y necesita ayuda urgente. Ricardo cruzó el umbral de esa casa humilde y comprendió algo fundamental. Había perdido su imperio de cristal, pero acababa de encontrar algo más valioso.

Lealtad verdadera. La casa de Rosa olía a café recién hecho y tortillas caseras. Era un aroma que Ricardo no había experimentado en décadas, demasiado acostumbrado a los desayunos preparados por chefs privados. Ahora, ese olor simple era lo único que lo mantenía anclado a la realidad. Había pasado dos días en esa casa. Dos días delirando, vomitando, sintiendo como su cuerpo luchaba contra el veneno acumulado. Marta y Rosa se turnaban para cuidarlo, limpiándole la frente con paños húmedos, forzándolo a beber agua y carbón activado.

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