Millonario Llega PRONTO a Casa y la Empleada le dice “NO HABLE…” La Razón lo DEJA HELADO…

“Debemos llevarlo al hospital”, insistía Rosa cada pocas horas. “No podemos”, respondía Marta con firmeza. Los hospitales privados preguntarán, llamarán a su familia y su familia quiere verlo muerto. El tercer día, Ricardo finalmente pudo sentarse sin marearse. Su cuerpo estaba débil, pero su mente comenzaba a despejarse y con la claridad llegaba la furia. “Necesito mi teléfono”, dijo. “Debo llamar a mi abogado, a la policía.” “Ah, su teléfono está intervenido, don Ricardo.” Lo interrumpió Marta. Lo he pensado estos días.

Si Elena y Nicolás planearon esto con tanta meticulosidad, habrán cubierto cada ángulo, sus llamadas, sus mensajes, todo monitoreado. Ricardo apretó los puños. Entonces, ¿qué sugieres? Que me esconda aquí como un cobarde mientras ellos disfrutan de mi fortuna. Sugiero que seamos inteligentes, respondió ella con calma. Ellos creen que usted está viajando, ¿verdad? Su vuelo a Monterrey debía salir ayer. Creerán que está allá, débil, enfermo, listo para el final que planean. La mente empresarial de Ricardo comenzó a funcionar nuevamente.

Tiempo. Necesitamos tiempo para reunir pruebas. Exacto. Marta sacó un pequeño dispositivo de su bolso. Antes de sacarlo de la casa tomé esto. Es su grabadora de reuniones, la que siempre lleva en su maletín. la dejó en la sala aquella noche. Ricardo la miró con asombro creciente. ¿La grabaste? Cada palabra confirmó ella, está todo aquí. La confesión completa, los planes, el veneno, las cuentas falsas. Por primera vez en días, Ricardo sintió algo parecido a la esperanza. Pero necesitamos más.

Necesitamos pruebas físicas del veneno, análisis de sangre. Documentación. Hay una clínica comunitaria a tres cuadras, intervino Rosa. El doctor Mendoza es buena gente, no hace preguntas innecesarias. Esa tarde, Ricardo Santoro, vestido con ropa prestada que le quedaba grande y una gorra que ocultaba su rostro, caminó por calles que nunca había pisado. La clínica era pequeña, con sillas de plástico y pisos gastados. Nada que ver con los consultorios médicos que frecuentaba. El Dr. Mendoza era un hombre de 60 años con manos firmes y ojos amables.

Escuchó la historia sin interrumpir, tomó las muestras de sangre necesarias y prometió discreción absoluta. “Los resultados estarán en dos días”, dijo. “Y si lo que me cuentan es cierto, estas muestras serán evidencia en un juicio.” Ricardo asintió. Por primera vez desde aquella noche terrible, sentía que había un camino hacia la justicia. Pero antes de tomar ese camino, necesitaba asegurarse de que Marta estuviera protegida. Cuando esto termine, le dijo esa noche, “todo lo que tengo será tuyo. La casa, el dinero, todo.” Marta sonrió con tristeza.

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