Marcela había llegado tres veces a la mansión en los últimos meses, siempre con prisa, siempre irritada. Lucía había sido testigo silencioso de las discusiones, de los comentarios crueles disfrazados de preocupación por la salud de Fernando, de la manera en que Marcela se apartaba cuando él intentaba tomarle la mano. “Esa mujer no lo ama”, le había dicho Rosa, la cocinera, una semana atrás. “Cualquiera con ojos puede verlo.” “No es asunto nuestro”, había respondido Lucía, aunque en su corazón sabía que Rosa tenía razón.
El reloj marcaba las 5 de la tarde, 3 horas de retraso. Los invitados ya no disimulaban su incomodidad. Algunos se habían ido, otros sacaban sus teléfonos y tomaban fotos discretas del novio abandonado en su silla de ruedas. Roberto se acercó de nuevo a Fernando, esta vez con el rostro completamente pálido. Fernando, yo Llegó un mensaje de Marcela. ¿Cuándo llega? Roberto no respondió, simplemente le entregó su teléfono. Fernando leyó una vez, dos veces, tres veces, como si las palabras pudieran cambiar de significado con cada lectura.
Fernando, perdóname, no puedo hacerlo. Me voy con Gustavo. Él está completo, sin limitaciones. Lo nuestro nunca fue real, solo presión social y otras cosas. Espero que encuentres a alguien que pueda darte lo que necesitas. Marcela, el teléfono cayó al suelo. El mundo se detuvo. Fernando sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. Completo, sin limitaciones, presión social. Fernando. Roberto se arrodilló frente a él. ¿Qué dice el mensaje? Pero Fernando no podía hablar, no podía moverse, no podía respirar.
Su madre llegó corriendo. ¿Qué pasó? ¿Qué ocurrió? Roberto leyó el mensaje en voz baja. El grito ahogado de su madre resonó en el jardín como un disparo. Y así, en cuestión de segundos, 400 invitados se enteraron de que la novia había huído. Los murmullos se convirtieron en exclamaciones. Las cámaras de los teléfonos comenzaron a capturar el momento. El jardín se transformó en un teatro de humillación pública. Sabía que esto pasaría. Pobre hombre. Ella solo quería su dinero.
¿Quién se casaría con alguien en silla de ruedas? Esto va a estar en todas las redes sociales mañana. Fernando cerró los ojos. Quería desaparecer. Quería que la tierra se abriera y se lo tragara. había sobrevivido a la parálisis, a meses de rehabilitación agónica, a la pérdida de su vida anterior. Pero esto, esto era diferente. Esto era la confirmación de todos sus miedos más oscuros, que era menos, que era incompleto, que no merecía ser amado. La banda, en un intento desesperado de salvar la situación, comenzó a tocar.
La balsa de boda que habían ensayado durante semanas llenó el jardín con su melodía romántica. creando un contraste grotesco con la tragedia que se desarrollaba. Desde la cocina, Lucía lo vio todo. Vio como Fernando se hundía en su silla, como su rostro se descomponía, como sus manos temblaban. vio la crueldad en las miradas de algunos invitados, la alegría apenas disimulada de otros al presenciar la caída del poderoso. Vio la humillación más absoluta de un hombre que no merecía nada de eso.
Su corazón se aceleró, sus manos comenzaron a sudar. Una voz dentro de ella gritaba que hiciera algo, que no permitiera que ese día terminara así, que no dejara que esa mujer cruel tuviera la última palabra. Pero, ¿qué podía hacer ella? una simple gobernanta, una viuda sin nombre ni fortuna. ¿Quién era ella para intervenir en el drama de los millonarios? Recordó las palabras de su difunto esposo, el policía que había muerto protegiendo a otros. Lucía, la valentía no es ausencia de miedo, es hacer lo correcto a pesar del miedo.
Lucía se quitó el delantal con manos temblorosas, se soltó el cabello, respiró profundo y comenzó a caminar hacia el jardín. Rosa la vio y sus ojos se abrieron como platos. ¿Qué vas a hacer? Lo correcto respondió Lucía sin detenerse. Cruzó la puerta de la cocina. Los meseros la miraron con sorpresa. Atravesó el pasillo. Los guardias de seguridad fruncieron el ceño. Emergió al jardín bajo el sol inclemente. 400 pares de ojos se volvieron hacia ella. la gobernanta, la sirvienta, la mujer que no tenía lugar en ese escenario de alto abolengo.
Pero Lucía siguió caminando con la cabeza en alto, directamente hacia Fernando. El silencio que siguió a la aparición de Lucía fue más ensordecedor que cualquier grito. Los violines de la banda se detuvieron a mitad de la frase musical, como si hasta los instrumentos reconocieran que algo extraordinario estaba a punto de suceder. Fernando levantó la vista. Confundido por la súbita quietud, a través de la niebla de su dolor, vio una figura acercándose. Tardó un momento en reconocerla. Lucía, su gobernanta, pero transformada de alguna manera, sin el uniforme, con el cabello suelto sobre los hombros, caminando con una determinación que jamás había visto en ella.
“¿Qué está haciendo?”, susurró su madre a su lado. Los murmullos comenzaron como un zumbido de abejas. Es la empleada. ¿Qué pretende? Esto es de mal gusto. ¿Quién se cree que es? Lucía escuchaba cada palabra, sentía cada mirada como agujas en su piel. Su corazón latía tan fuerte que temía que todos pudieran oírlo. ¿Qué estaba haciendo? ¿En qué momento había perdido la cordura? Aún estaba a tiempo de dar la vuelta, de regresar a la cocina, de volver a su lugar seguro en las sombras.
Pero entonces vio los ojos de Fernando rojos. húmedos, vacíos de toda esperanza, y supo que no podía dar marcha atrás. Se detuvo frente a él, tan cerca que podía ver cada detalle de su rostro, las líneas de cansancio, las mejillas húmedas, la mandíbula apretada en un intento desesperado por mantener la compostura. Lucía se arrodilló lentamente hasta quedar a su altura. A su alrededor, las exclamaciones ahogadas y los murmullos de desaprobación crecieron en volumen. Esto es un escándalo.
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