Esa noche, mientras Rodrigo intentaba dormir en su habitación pequeña, en un colchón que había comprado de segunda mano, pensó en cómo su vida había dado un giro de 180 gr. Hace 4 meses dormía en sábanas de seda egipcia de 1000 hilos. Ahora dormía en sábanas de algodón común que había costado 200 pesos en el mercado, pero por primera vez en años dormía en paz.
Al día siguiente, Rodrigo llegó al hotel con un plan. reunió a los supervisores de cada departamento y les mostró cómo distribuirían los 100,000 pesos que Mendoza había autorizado. Escuchó sus opiniones, modificó el presupuesto según sus sugerencias, los hizo sentir parte de las decisiones. “Señor Santillán”, dijo Leonardo Bustos, el supervisor de mantenimiento.
Nunca nadie nos había preguntado nuestra opinión. Siempre solo recibíamos órdenes. Ustedes conocen este hotel mejor que yo. Sería tonto no escucharlos. Y durante las siguientes semanas algo extraordinario comenzó a suceder. Los empleados trabajaban con más entusiasmo. La calidad del servicio mejoró notablemente.
Las quejas de huéspedes disminuyeron un 25% y todo sin gastar más de lo autorizado. Heriberto Mendoza lo llamó a su oficina un mes después. Los números son buenos. Santillán, muy buenos. La ocupación subió 8% y los costos operativos bajaron 6%. ¿Cómo lo lograste? Tratando a la gente con respeto, escuchándolos, haciéndolos sentir valorados.
Mendoza lo observó con expresión indescifrable. Sigues siendo muy ingenuo. Pero si los resultados continúan así, tal vez tu ingenuidad sea rentable. Esa noche, Rodrigo llegó temprano al departamento. Valeria había decorado el lugar con cortinas baratas pero alegres. Había puesto plantas en macetas recicladas. Había convertido ese espacio pequeño en un hogar.
“Tengo noticias”, anunció Rodrigo. “Mendoza está satisfecho con mi trabajo. Me dio un bono de 5000 pesos. Eso es maravilloso y quiero darte la mitad por todo lo que has hecho. Valeria negó con la cabeza. Ya tengo mi salario por cuidar a Sebastián. Ese dinero es tuyo. Guárdalo, ahorra, úsalo sabiamente. Valeria, nada de Valeria. Usted está aprendiendo a vivir con menos, a valorar cada peso. No arruine eso siendo impulsivo. Rodrigo sonrió.
¿Sabes? Hace meses hubiera comprado una botella de whisky de 2000 pesos con ese dinero. Ahora no sé si gastarlo en zapatos para Sebastián o en reparar el calentador de agua. Esa es la mejor señal de que está cambiando, respondió Valeria con una sonrisa que iluminó su rostro. Y tenía razón. Rodrigo Santillán estaba cambiando lenta, pero firmemente, el hombre arrogante que había sido estaba muriendo, dando paso a alguien nuevo, alguien mejor. Aún faltaban 4 años y 11 meses de contrato con Mendoza. Pero por
primera vez desde su caída, Rodrigo no veía eso como una condena, lo veía como una oportunidad de redención. Seis meses habían transcurrido desde que Rodrigo comenzó a trabajar para Heriberto Mendoza. El calendario en la pared del pequeño departamento marcaba febrero y con él llegaron cambios que nadie hubiera anticipado.
Sebastián había cumplido 14 meses y comenzaba a dar sus primeros pasos tambaleantes, siempre buscando los brazos de Valeria o los de su padre. El bebé ya no era simplemente el hijo de Rodrigo. Se había convertido en el corazón de ese hogar improvisado que los tres habían construido juntos. “Papá, mira”, exclamó Valeria emocionada.
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