MILLONARIO PIERDE TODO! SÓLO LA EMPLEADA TUVO EL VALOR DE ALIMENTAR A SU BEBÉ

Una tarde, Sebastián caminó cinco pasos completos antes de caer sentado en el suelo, riendo con esa alegría pura que solo los niños pequeños poseen. Rodrigo, que acababa de llegar del trabajo, dejó caer su mochila y corrió a levantar a su hijo, girándolo en el aire. “¿Lo lograste, campeón? Lo lograste.

” Valeria los observaba con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar las lágrimas en sus ojos. En estos meses había visto a Rodrigo transformarse de un hombre quebrado en alguien completamente diferente. Ya no era el millonario arrogante que despreciaba a sus empleados. Era un padre presente, un trabajador dedicado, un hombre que había aprendido el valor real de las cosas. ¿Por qué lloras? Preguntó Rodrigo al notar su expresión. Porque estoy feliz.

Sebastián está creciendo hermoso y usted se ha convertido en el padre que él merece. Rodrigo dejó al niño en el suelo y se acercó a Valeria. Durante estos meses, la línea entre empleada y familia se había desdibujado completamente. Compartían comidas, risas, preocupaciones. Valeria conocía cada pesadilla que lo despertaba por las noches, cada temor que lo acosaba.

Él conocía sus historias sobre Javier, su difunto esposo, y cómo aún lo extrañaba en momentos inesperados. Valeria, tengo que decirte algo importante. Ella lo miró con preocupación inmediata. ¿Qué pasa? Problemas con Mendoza. No, todo lo contrario. Me ascendió. Ahora soy director general de operaciones de todos sus hoteles en el sureste. 20 propiedades en total.

Mi salario aumenta a 150,000 pesos mensuales. Valeria dejó escapar un grito de alegría y abrazó a Rodrigo impulsivamente. Fue solo un segundo antes de que ambos se dieran cuenta de lo que había sucedido y se separaran con torpeza, las mejillas enrojecidas. “Perdón, yo me emocioné”, murmuró Valeria. No, está bien. Yo también estoy emocionado, pero eso significa que tendré que viajar más.

Tres días a la semana estaré visitando diferentes hoteles y ahí es donde necesito hablar contigo. Dígame. Quiero que vengas conmigo, tú y Sebastián. Rentaremos habitaciones en los hoteles. Viajaremos juntos. No quiero estar lejos de mi hijo y tampoco quiero que tú te quedes sola aquí. Valeria procesó las palabras cuidadosamente.

¿Está seguro? La gente va a hablar, van a pensar. Que piensen lo que quieran. Tú cuidas de mi hijo mejor que nadie. Eres parte de esta familia, Valeria, y no me importa lo que digan. Esa semana comenzaron los viajes. Cancún, Mérida, Campeche, Veracruz. Rodrigo revisaba operaciones mientras Valeria exploraba las ciudades con Sebastián, descubriendo parques, mercados, lugares que nunca hubiera podido visitar con su antiguo salario de empleada de limpieza.

Una noche en Mérida, después de una cena en el restaurante del hotel, Rodrigo y Valeria se sentaron en la terraza mientras Sebastián dormía en su carriola. La luna llena iluminaba las calles coloniales de la ciudad blanca. ¿En qué piensas?, preguntó Valeria. Notando la expresión distante de Rodrigo. En Isabela, mi esposa, hoy hubiera sido nuestro aniversario número 10. Valeria permaneció en silencio, respetando su momento.

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