He aprendido que el valor de las cosas no está en su precio, sino en su significado. Un departamento pequeño puede ser más hogar que una mansión vacía. 100,000 pesos ganados honestamente valen más que millones obtenidos por avaricia. Y el amor de una mujer buena vale más que todos los imperios del mundo.
Cerró el diario y miró por la ventana hacia las estrellas que brillaban sobre Tulum. En algún lugar ahí afuera estaba Isabela, su exesposa desaparecida. En algún lugar estaba Germán Villalobos, el traidor que lo había hundido. En algún lugar estaban todas las personas que lo abandonaron cuando cayó. Pero aquí, en este departamento pequeño, estaba todo lo que realmente necesitaba.
Una familia improvisada, pero real, un propósito auténtico y la posibilidad de un futuro construido sobre bases sólidas de integridad y amor. Rodrigo Santillán, Montemayor, había perdido todo y al perderlo había ganado lo único que verdaderamente importaba.
Había ganado su alma de vuelta y eso descubriría en los años venideros. Era el tesoro más valioso que cualquier hombre podía poseer. El aeropuerto internacional de la Ciudad de México bullía con el caos típico de un viernes por la tarde. Rodrigo esperaba su vuelo de regreso a Cancún después de una semana intensa de reuniones con proveedores. A su lado, Valeria revisaba documentos en su tablet, tomando notas con la eficiencia que había desarrollado durante los últimos tres meses como asistente ejecutiva.
Sebastián, ahora de 17 meses, dormía plácidamente en su carriola. El niño se había adaptado perfectamente a la vida de viajes constantes, encontrando aventura en cada aeropuerto y hotel nuevo. Vuelo 438 con destino a Cancún ha sido 2s horas debido a condiciones meteorológicas, anunció una voz por el altavoz. Rodrigo suspiró revisando su reloj. Llegaremos pasada la medianoche. Qué fastidio.
Al menos Sebastián está durmiendo. Aprovechemos para revisar la propuesta de expansión que presentaremos a don Heriberto el lunes sugirió Valeria. Siempre práctica. Estaban revisando proyecciones financieras cuando una voz familiar hizo que Rodrigo levantara la vista bruscamente. Rodrigo, Rodrigo Santillán. Frente a él estaba Lorena, su hermana.
Llevaba un vestido de diseñador, joyas costosas y esa expresión de superioridad que Rodrigo recordaba también. A su lado, un hombre de traje impecable que debía ser su esposo, Damián Uriarte. “Lorena”, respondió Rodrigo con voz neutral, poniéndose de pie. Su hermana lo observó de arriba a abajo, notando su traje modesto pero presentable, sus zapatos de marca media, su apariencia de profesionista común.
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